9 de noviembre de 2021

Nueve nombres: frente al historial, recuperar historias

La Lokapedia es un proyecto de difusión de biografías y proyectos feministas locos que trata de recuperar los nombres y las voces de mujeres locas del pasado y del presente, construyendo genealogía, y denunciando cómo la psiquiatría y otras disciplinas psi se han apoderado de la locura. Por eso, incorporar una entrada sobre un libro escrito por una profesional de la psiquiatría nos genera contradicción. Pero lo hacemos porque en sus páginas recupera la biografía de nueve mujeres, con sus nueve nombres, cuyas voces no tuvieron la oportunidad de ser escuchadas ni recordadas. Resaltamos esto último como un ejercicio político, así como la necesidad de escuchar las historias contadas en primera persona.


Nueve nombres es un libro escrito por la psiquiatra y feminista María Huertas, publicado por la editorial Temporal. Tal como indica su título, narra la vida de nueve mujeres a quienes la autora conoció en la década de los 70’s cuando “más de doscientas mujeres fueron trasladadas del obsoleto y vetusto Manicomio de Jesús al Hospital Psiquiátrico de Bétera” (p. 117), en Valencia. Para entender el contexto en el que está escrito el libro, el desmantelamiento de Jesús y los intentos por implantar una asistencia comunitaria, recomendamos Crónica del manicomio. Prensa, locura y sociedad de Cándido Polo. María Huertas nos habla de mujeres que “Llegaron sin nada. Nada de nada”, “Sin nombre, ni para comunicarse, ni para reconocerse” (p. 120). Invisibilidad e impunidad en un “circuito cerrado”. Sin ni siquiera nombre propio, o cambiado por la institución, “no existen, son invisibles, no hace falta que nadie las borre” (Rey Artime, 2020).


A partir de recuperar sus biografías e identidades, Nueve nombres denuncia la objetificación, la deshumanización y el olvido que produce la institucionalización psiquiátrica; situación escasamente abordada en la historia y activismos feministas. Por eso, rescatar las historias de vida de Ana, Amparo, María Jesús, Felipa, Dolores, Aurora, Blanquita, Margarita y María supone un ejercicio de reparación ante la deuda histórica del movimiento feminista hacia las víctimas de la psiquiatría. Si parafraseamos uno de los grandes lemas del movimiento, podríamos decir que, también en psiquiatría, “lo personal es político”, o más bien, “lo biográfico es político”.


Biografía vs Biología


Nueve nombres significa no solo un ejercicio de re-construcción de memorias individuales sino también de memorias colectivas: a través de cada biografía es posible pensar la locura en su interrelación con distintos sistemas y opresiones e identificar violencias comunes. Frente al relato neuroquímico hegemónico y los lenguajes psicopatologizantes desconectados de los contextos sociales, históricos y biográficos, Nueve nombres resalta el cruce entre la locura y la clase social, la violencia machista, la violencia sexual, los conflictos familiares, los duelos, los olvidos, las maternidades, las herencias, las rebeldías adolescentes, el trabajo sexual, el empleo doméstico, las incapacitaciones, las cárceles, los conventos, las iglesias; y el caso omiso que, históricamente, ha hecho la técnica psiquiátrica de todo ello.

 

Así, hace visible el cruce entre distintos aparatos del Estado en la vida de las mujeres y cómo este “crisol de opresiones” (Rey Artime, 2020) es nuevamente capturado en nombre de una aséptica “salud mental”. El ejercicio de recuperación de sus trayectorias vitales, validando su palabra, sus dolores y conflictos, representa un desafío al paradigma biomédico dominante; reconstruir sus historias de vida emerge como herramienta de resistencia; reivindicarlas es un acto político. Podríamos decir que en este desafío, Nueve nombres invita a pensar/nos menos desde la biología y más desde la biografía en contexto. 


Si bien en este ejercicio de reconocimiento la narración está realizada en tercera persona, la narradora participa únicamente como quien recuerda hechos y personas de algunas décadas atrás. Están ausentes las interpretaciones diagnósticas o clínicas, los lenguajes psicopatológicos y técnicos, o los análisis sobre las experiencias de las mujeres realizados desde un supuesto saber experto. Cuenta historias, individuales y colectivas; frente al historial o historia clínica. 


Lejos de ello, los relatos permiten imaginar los contextos de múltiples violencias y conectar emocionalmente con cada una de las mujeres protagonistas, con sus injusticias y con sus trayectorias. Así mismo permite conocer algunas de las acciones realizadas por militantes feministas en el ejercicio de profesiones relacionadas con la salud mental en un contexto de múltiples cambios en la misma área. Tal como describe María Huertas: “no queríamos una psiquiatría alternativa sino alternativas a la psiquiatría”.


Sin llegar a bautizar estas prácticas bajo algún paraguas disciplinar, podríamos decir que en la narración se reflejan esfuerzos por pasar de la práctica asistencial asilar a una práctica que prioriza la vida en comunidad. Entre otras cosas se pone en ejercicio una escucha biográfica (se presta el tiempo y espacio necesario para escuchar lo que ellas querían contar sobre sus vidas); se hace lo posible por contactar a las mujeres con sus seres queridos del pasado o con sus pueblos de origen, así como se les acompaña en los reencuentros; se cuestiona la medicación y se busca a las desaparecidas, encerradas o acusadas por otras instituciones y de ser necesario se hace de intermediaria. Así, más allá de una intervención meramente asistencial con objetivos predefinidos para encontrar su “rehabilitación” o su “recuperación”, se pueden apreciar acciones que intentaron hacer esas vidas más vivibles: su “reparación”.


Si bien, este tipo de prácticas no se generalizaron e incorporaron de manera sistemática, y la así llamada “reforma psiquiátrica” derivó, a largo plazo, más en una descentralización de los servicios que en una desmanicomialización ampliamente hablando (Ramón García, 1995).


Cuestionar el cuerdismo del “No estaban locas”


Imagen de María Manonelles, 27 de julio 2018 

(https://bruticiasublim.wordpress.com)


Varias reseñas del libro en prensa llegan a una de las conclusiones que ha estado históricamente presente en la psicología y la psiquiatría con orientación de género y feminista (por ejemplo, en las teorías de Phyllis Chesler), y que ha sido cuestionada por la militancia de los feminismos locos y los activismos en primera persona: si la causa del sufrimiento psíquico en las mujeres es el impacto de la estructura patriarcal (cruzada con otros sistemas) en sus biografías, eso quiere decir que ellas, “en realidad, no estaban locas”. Esta conclusión tiene, por lo menos, dos problemas. Uno es que implícitamente sostiene las hipótesis unicausales y genetistas/biologicistas de la locura. El otro es que legitima la intervención que se deriva de dichas hipótesis, sin cuestionar a profundidad la violencia institucional que esto puede significar para las mujeres “que sí están realmente locas”. Es decir, esta conclusión queda incompleta y cae en sesgos cuerdistas, al señalar la opresión patriarcal sin denunciar la violencia psiquiátrica, o bien, denunciándola sólo para aquellas consideradas “no realmente locas” (Chamberlin, 1975).


En este sentido, el reto consistiría en no negar las causas biográficas y estructurales del malestar y la locura, y al mismo tiempo, no validar ni permitir la violencia psiquiátrica hacia nadie, independientemente de si se le considera o no como “realmente loca”. Dicho de otro modo, frente al “no estaban locas, era el patriarcado”, podríamos decir, por un lado: “estaban locas y era el patriarcado”; y por otro, como decía Judi Chamberlin (en Recovery and Hope, 2010): “no queremos ser castigadas por sentir dolor y tratar de expresar ese dolor”.


En línea con esto último (las demandas de los feminismos locos o las locuras feministas, frente a la psicología y la psiquiatría de orientación feminista), cabe señalar la importancia de escuchar las voces en primera persona y reconocer la labor histórica de colectivos de personas locas y sobrevivientes de la psiquiatría en distintos contextos para hacer posible entornos de seguridad donde poder compartir sobre la locura en primera persona.


En definitiva, compartir la memoria de Ana, Amparo, María Jesús, Felipa, Dolores, Aurora, Blanquita, Margarita y María sirve de recordatorio y triste continuidad con todas las compañeras que, a día de hoy, se encuentran encerradas en contra de su voluntad y son torturadas por múltiples aparatos del Estado, entre ellos, la psiquiatría.


Imagen hecha por Patricia Rey Artime

“Me gustaría que el feminismo escuchase y diese voz al feminismo loco, a las mujeres locas. A las que están vivas hoy. La locura no se cura ni se rehabilita, ni se psicoeduca ni se recupera; se repara, quizá. Reparación individual, colectiva e histórica” (Patricia Rey Artime, 2020, p.85).  



Referencias

  • Chamberlin, Judit (1975). Women’s Oppression and Psychiatry Oppression. En Smith Dorothy E. & David Sarah J. Women look at psychiatry. Press Gang Publishers: Vancouver.

  • Recovery and Hope (2010). Judi Chamberlin: Her life our movement. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=FGT4xJXgmoE

  •  Rey Atime, Patricia (2020). Todas atamos, todas desatamos. En Monográfico Locura. Pikara.

  • Rey Artime, Patricia (2020). Locura. En blog Torceduras y Bifurcaciones. https://torcedurasybifurcaciones.org/locura/

  • Polo, Cándido (1999). Crónica del manicomio. Prensa, locura y sociedad. AEN

  • García, Ramón (1995). Historia de una ruptura. El ayer y el hoy de la psiquiatría española. Virus.