29 de agosto de 2019

Still sane: esculturas, dolor y resistencia loca lesbiana



Still Sane es un libro colectivo "dedicado a las lesbianas locas”. En 1984, Persimmon Blackbridge y Sheila Gilhooly expusieron en la Women in Focus Gallery, en Vancouver (Canadá), una serie de impactantes esculturas basadas en la narrativa en primera persona de Sheila sobre su internamiento durante tres años en instituciones psiquiátricas por ser lesbiana. El libro es un híbrido político de imágenes de las esculturas, del relato de Sheila, otras historias personales de internamiento y lesbianismo, datos impactantes sobre la violencia psiquiátrica y tres textos finales sobre el “todavía” (“still”): “todavía pasa” (“Still Happening”), todavía pasa “por ser lesbiana’” (“Because she was a lesbian”) y “todavía loca” (“Still Mad”). 

Todavía loca y con orgullo de serlo. Porque si bien el libro es tremendamente duro y refleja las violencias del sistema de salud mental sobre las mujeres y sobre las lesbianas (como parte de la violencia social más amplia); también muestra las resistencias individuales, pero sobre todo las colectivas, y la necesidad de compartir las experiencias vividas y romper el silencio, la culpa y la vergüenza. Desde una perspectiva lesbiana, refleja “la convicción de que la acción política es una respuesta necesaria a nuestra opresión”. Dentro de ello, nos habla de la importancia de las redes feministas lesbianas para los cuidados y para la resistencia, pero también muestra cómo a veces las políticas locas difieren de las feministas (como desarrolla Dee dee NiHera en su aportación al libro).

A las mujeres se las ha patologizado tanto por “ser mujeres”, y ajustarse a su rol, como por atreverse a no serlo (Chesler). La lesbiana, como “no-mujer” que diría Monique Wittig (en tanto subvierte la norma heterosexual de lo que se espera de una “mujer” en relación a un varón) ha sido históricamente, desde la sexología o el psicoanálisis, una “invertida sexual”. Dicha concepción fue recogida en las primeras ediciones del DSM, que incluía la homosexualidad como trastorno mental, como una “desviación sexual”. Las protestas y manifestaciones de lesbianas y gais en las reuniones anuales de la APA presionaron para su eliminación como categoría diagnóstica en 1973 (ahí estaba una integrante del colectivo las Hijas de Bilitis junto con el “Dr. Anonymous” en uno de los Congresos de la APA). Si bien, su rémora “egodistónica” (se considera un “trastorno” sólo si se vive con malestar) justificaba todavía intervenciones “correctivas”. 

Still Sane recoge la voz de muchas lesbianas que fueron internadas en psiquiátricos y que sufrieron sobremedicación, electroshocks o lobotomías por el hecho de serlo. En el contexto español, la película Electroshock muestra el encierro y la tortura por la que pasó una pareja lesbiana en los últimos años del franquismo. Como se dice en el libro, se las internaba, no tanto para modificar su deseo, o “curarlas”, sino como mensaje de “amenaza disuasoria” para otras mujeres. El relato de Sheila refleja cómo la “heterosexualidad obligatoria” ha sido un principio rector tanto dentro de los psiquiátricos como en las terapias privadas. Hablamos de la “violación correctiva” como “terapia”, tanto por parte de profesionales, celadores, como por parte de los internos. Mientras estas agresiones sexuales no tenían consecuencia alguna dentro de la institución, cualquier gesto de cariño (ya no digamos sexual) entre dos mujeres era duramente castigado. En su versión sutil, psiquiatras en centros o en terapia privada juzgaban el deseo lesbiano como una etapa de inmadurez que debe pasar, y recomendaban que las mujeres “se forzaran” a acostarse con hombres, aunque no sintieran nada (“ya les vendría el deseo…”). 

El control y la regulación no se centraban solo en el deseo, también en la apariencia: como dice Sheila, “la conducta poco femenina”. El ponerse un vestido o el depilarse las piernas como criterio de mejora es un clásico dentro de estos relatos (y de otros actuales):


“‘¡Oh! Se te ve muy bien’, con esa voz falsa que siempre usaba para las pacientes. Entonces me dijo que se me vería mejor si me depilaba las piernas. Recuerdo sentirme toda avergonzada y estúpida, incluso cuando ya había decidido tiempo atrás que depilarse era algo estúpido” . 


Sheila Gilhooly nos habla de la medicación y de sus efectos (no informados), de la espera para todo (incluido el recuento de cuchillos tras las comidas), de cómo cualquier voz disonante con el centro por parte de alguna enfermera termina en despido, de su desesperación ante las violencias, y de la cuchilla y la sangre como forma de grito. 


“Le dije a mi psiquiatra que no quería ser curada por ser lesbiana. Me dijo que precisamente eso probaba lo enferma que estaba. Me dijo que necesitaba tratamiento de electroshock (...) 19 tratamientos de shock y todavía no quiero que me curen por ser lesbiana”. 


También nos cuenta que ella misma firmó para ingresar de nuevo en el Hospital. “Quizá pienses que ello implica alguna forma de elección, que quería ser encerrada, pero no era una elección real”. Como más adelante explica Dee dee NiHera: “Estoy convencida de que la libertad de elección no puede existir en una institución psiquiátrica. Cómo puede existir cuando, si tus ‘elecciones’ no coinciden con las del equipo, puedes perder todas las ‘elecciones’”. Cuando no cuentas con el apoyo de tu familia, ni una casa ni un trabajo, estás “tocada” como consecuencia de las drogas y los electros, y la gente que conoce tu encierro “te mira raro”, la desesperación puede llevarte a volver.

Sheila describe cómo, tras tanta crueldad y tortura, lo que más miedo le daba era el propio psiquiátrico. La fórmula para salir: “Intenté hacerme pasar por normal (...) Las mujeres normales no hablan sobre lesbianismo y siempre son encantadoras (...) Siempre estaba bien y siempre sonriendo (...) siempre obediente”. 

Ya fuera del Hospital, nos cuenta cómo cambió su vida tras conocer a mujeres, que no solo hablaban abiertamente sobre su lesbianismo, sino que estaban orgullosas de serlo. El comienzo de su resistencia viene acompañado de una comunidad que crea las condiciones para un orgullo lesbiano, pero también para un orgullo loco: reconocer su fuerza, sentirse orgullosa como superviviente y, sobre todo, poder politizar la opresión psiquiátrica (lo opresivo de la “normalidad” y lo opresivo de los límites de una conducta aceptable). La comunidad y el proceso artístico le permiten salir de los dos armarios. La exposición de las esculturas “me conectó con las mujeres del movimiento loco”, “cada relato personal, me hacía sentir más segura y cada sobreviviente con su fuerza, más orgullosa”. 

Still Sane es un recordatorio del papel de las lesbianas en el Movimiento Loco; pero también, de que el Movimiento Lesbiano y Queer no se puede olvidar de la situación de las personas psiquiatrizadas y/o de aquellas “raritas” que rompen “normas de conducta”, más allá de la lucha por la despatologización de la diversidad sexual. 

Activismo lesboloco y crítica al cuerdismo en el feminismo

Imagen tomada de:http://www.psychiatricsurvivorarchives.com/
phoenix/phoenix_rising_v8_n3_n4.pdf



Extracto del texto “Still Mad” escrito por la activista Dee dee NiHera
y publicado en el libro Still Sane, de 1984.
Traducción de Lokapedia


No soy una de las locas que considera que trabajar para el cambio social con profesionales de salud mental es útil o fortalecedor. Esto incluye a las terapeutas feministas. Creo que nuestras prioridades y análisis difieren demasiado. Crear un negocio no-sexista a partir de “enfermedades mentales” simplemente cambiará el sexo de mis opresores. Cuando las mujeres profesionales sorprenden a los médicos con que se sienten oprimidas por sus compañeros masculinos, mi solidaridad no es con ellas, sino con sus víctimas.

De manera similar, el intento de eliminar el heterosexismo entre lxs profesionales de la salud mental no puede ser efectivo mientras el sistema psiquiátrico se mantenga vigente. Aunque la homosexualidad fue eliminada del listado oficial de trastornos mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría en 1973, nada ha cambiado. La mayoría de los psiquiatras del mundo todavía consideran que esta orientación es una aberración. Las lesbianas simplemente reciben una etiqueta diferente al ingresar a las instituciones, y el daño continúa. Incluso si todos los profesionales de la salud mental se informaran sobre la homosexualidad, la violencia contra las locas continuaría. El sexismo, el heterosexismo, el cuerdismo, el racismo y el clasismo son facetas de la opresión psiquiátrica; eliminar sólo uno de estos 'ismos' deja intacta la estructura del sistema.

Abogo por que las sobrevivientes dejen a los profesionales y creen alternativas entre pares, en lugar de ser cómplices con los profesionales en reformar su sistema de apoyo para nosotras. He trabajado con profesionales feministas en la creación de una casa segura alternativa, solo para ver cómo se convierte en una institución mini-profesionalizada que escoltó a mujeres 'difíciles' hacia salas cerradas. He experimentado ser considerada una "inferior" ante psiquiatras feministas al intentar aplastar el sistema actual. He sido nombrada 'psico' y 'esquizo' por las feministas que no estaban de acuerdo con mis opiniones, y me he encontrado encarcelada por feministas con títulos, adoctrinada en la ignorancia patriarcal. Estos no son incidentes aislados. No soy la única loca tratada de este modo por las feministas y por la sociedad en general.

Antes de conocer a Sheila y Persimmon, no sentí el apoyo de las feministas a mi política loca. Las feministas estadounidenses no han logrado adoptar una postura firme sobre el tratamiento forzoso y los electrochoques. Además, dado que la terapia feminista en los EEUU ha alcanzado la posición de dogma, y está ahora más allá de las críticas de la comunidad, la violencia contra las mujeres locas y otras feministas se silencia o se considera su propia culpa. Los grupos feministas demandan constantemente a las mujeres profesionales que cuenten historias de mujeres locas y que compartan y analicen nuestras experiencias. Estamos enojadas con este silenciamiento y con estas mujeres que se ganan la vida con nuestro dolor y nuestro abuso.

Mientras las feministas estadounidenses publican sus ideas sobre 'cómo elegir a una terapeuta', las mujeres locas radicales comparten alternativas a esta relación desigual. Mientras estas feministas se arrepienten de encerrar a sus hermanas en jaulas psiquiátricas, las locas se apoyan mutuamente en sus casas, a veces con gran dificultad. Mientras las mujeres locas se salen de la línea y son torturadas con electrochoques psiquiátricos y agresiones químicas y físicas, en los círculos feministas continúan los debates sobre si estos problemas son personales o políticos y si el electrochoque y las drogas son realmente tortura o simplemente un tratamiento legítimo. Las feministas creen que las personas más afectadas por los abusos psiquiátricos son las mujeres, las personas de color, las personas pobres, las personas mayores, las lesbianas y los hombres homosexuales. La gente loca se da cuenta de que la violencia psiquiátrica a quien más daña es a cualquiera que vive directamente el encierro, las drogas, shock, cirugía cerebral y etiquetas de psicopatología. Como grupo, las sobrevivientes de psiquiatría deben lidiar con la opresión diaria de los activistas políticos no locos, los medios de comunicación, el público en general y los profesionales de salud mental.

Aquellos profesionales que fomentan la violencia psiquiátrica, que necesitan nuestro dolor para sobrevivir económicamente, no son nuestros camaradas y liberadores en esta lucha, no más que los hombres los salvadores de las mujeres en la lucha por la liberación de las mujeres. La comprensión más completa de nuestra situación como locas vendrá no de extraños, sino de nosotras mismas.

Como locas, creemos que las jaulas no son lugares seguros o útiles. Ni para la sociedad, ni para suicidas, infelices, asustadas; no para lesbianas, amas de casa o visionarias. Existen alternativas. Incluyen casas privadas, casas grupales organizadas y controladas por pares, casas de seguridad, centros de acogida, líneas directas y redes de apoyo mutuo. Volverse políticamente consciente es el primer paso para conceptualizar y crear alternativas innovadoras frente al brutal negocio de las enfermedades mentales.

Sé de unos ochenta grupos que luchan para evitar que los profesionales de la salud mental hagan daño a la gente. Algunos organizan mesas redondas para educar a cualquiera que quiera escuchar, algunos organizan manifestaciones, otros inician demandas. Algunos crean espacios de vivienda colectivos, otros son defensores legales que comparten derechos legales y compilan nombres de abogados afines. Algunos publican periódicos y otros ofrecen apoyo mutuo las 24 horas. Cada año, los sobrevivientes realizan conferencias para discutir estrategias y compartir experiencias e investigación.
Imagen tomada de: http://www.psychiatricsurvivorarchives.com/
phoenix/phoenix_rising_v5_n1.pdf

Las políticas e intereses varían de provincia a provincia y de país a país. En 1982, dieciséis personas que se hacían llamar PILL (Lobby de Liberación de los Reclusos Psiquiátricos) se sentaron en el lobby del Hotel Sheraton en Toronto, donde la Asociación Americana de Psiquiatría se estaba reuniendo para su reunión anual. La acción de PILL causó malestar, irritabilidad y sentimientos de persecución entre los psiquiatras. Para aliviar la angustia, todos los miembros de PILL fueron escoltados por la policía a la cárcel local. Unos años antes, en la misma ciudad, los ex reclusos mostraron sus malos modales, durante una conferencia para psicocirujanos. Mientras que el Dr. José Delgado, cuyo trabajo es financiado por la Marina de los EE. UU., habló sobre los méritos de destruir quirúrgicamente el tejido cerebral humano sano para alterar el comportamiento humano, los agitadores locos arrojaron pasteles llenos de cerebros de vaca en el escenario. Esta acción terminó su discurso del día. El Movimiento Loco de Toronto también publica Phoenix Rising, tiene un centro de acogida y una tienda de segunda mano.

En 1982 en Berkeley, California, locos y simpatizantes organizaron con éxito una campaña contra el electrochoque poniendo la iniciativa a votación. Decía: "Por la presente se reconoce y declara que todas las personas dentro de la ciudad de Berkeley, incluidas todas las personas confinadas involuntariamente, tienen un derecho fundamental frente a la interferencia en sus procesos de pensamiento y estados de mente mediante el uso de tratamiento de electroshock. Queda prohibido el tratamiento de descarga eléctrica a cualquier persona dentro de la ciudad de Berkeley". (The Berkeley Voter’s Handbook, noviembre de 1982).

El 2 de noviembre de ese año, los votantes aprobaron abrumadoramente la prohibición del electrochoque. Las sanciones para los infractores incluyeron hasta seis meses de cárcel y una multa de $ 500. La prohibición entró en vigencia el 4 de diciembre de 1982. Pero la psiquiatría organizada no estaba acostumbrada a semejante interferencia hacia su poder. Su dinero compró una orden judicial contra la interrupción del electro el 13 de enero de 1983. El caso aún está en los tribunales y todavía hay personas, dos tercios mujeres, recibiendo daño cerebral inducido eléctricamente en Berkeley. Al menos, que el apagón duró un mes, dio esperanza a las mujeres locas de que el público no es tan crédulo como la psiquiatría quiere que seamos.

PROMPT (Promoción de los derechos de los pacientes mentales), un pequeño grupo de sobrevivientes radicales en Londres, Inglaterra, recaudó 200 libras para el trabajo de relaciones públicas. Ofrecían dinero a cualquier psiquiatra dispuesto a someterse a una serie de tratamientos de electrochoque. A diferencia de los reclusos psiquiátricos, los médicos tendrían que dar su consentimiento informado, ya que estas actividades enumeraban todos los efectos del shock en su anuncio. Hasta ahora, ningún psiquiatra es 200 libras más rico debido al trabajo de PROMPT.

En Alemania Occidental, el SSK (Socialist Selp-Help Cologne) acaba de celebrar su undécimo año. Los miembros de este grupo no jerárquico son de varias instituciones de encarcelamiento. No hay lugar para profesionales o voluntarios en su organización. Sabiendo que una vivienda adecuada es esencial para la vida independiente, SSK posee varias casas y no depende de fondos del Estado. A la vez que el colectivo lucha contra la psiquiatría establecida y el encarcelamiento, también arregla muebles antiguos, dirige un negocio de mudanzas, pescan, pintan y hacen trabajos de decoración de interiores y otros trabajos para mantenerse independientes de la industria de las enfermedades mentales. La organización ha sobrevivido a la infiltración de agentes del gobierno que deliberadamente trataron de separarlos, y a un juicio por difamación de un “nido de víboras” local (institución psiquiátrica).

En Holanda, un grupo de mujeres ex reclusas se hacen llamar De Helse Hex (Brujas del Infierno). El mayor grupo organizado de ex reclusos, tanto mujeres como hombres, es el Clientenbond. No todos los ex reclusos holandeses están de acuerdo con la posición reformista de Clientenbond, pero este grupo ha tenido mucho éxito en la organización de un gran número de gente loca para luchar contra la violencia psiquiátrica.

La cultura loca está aquí para quedarse. A medida que nos organizamos y nos animamos mutuamente a salir del armario, todos nos sentimos más fuertes. Este estímulo proviene de conversaciones por teléfono o café, a través de poesía, artes gráficas, libros, manifestaciones, escritura y ahora escultura. Aún así, Still Sane nos enorgullece a todos mientras enseña la importancia de la protesta política. Veo una cultura loca que nos da coraje y orgullo para gritar, "¡Nunca más!" A veces solo necesitamos hacer eso para sobrevivir.

25 de agosto de 2019

Una mujer bajo la influencia de un hombre bajo la influencia...

Imagen recuperada de:
https://www.amazon.es/
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Una mujer bajo la influencia es una película dirigida por John Cassavetes de 1974. Cassavetes es un director estadounidense de cine independiente que consiguió a duras penas financiación para esta película, en la que las interpretaciones son llevadas a cabo por su mujer (la magnífica Gena Rowlands que hace de Mabel), la madre del director que hace de la suegra de la protagonista (su suegra en la vida real real) y la propia madre de Rowlands (que hace de su madre a su vez en la ficción). Ninguna de estas dos últimas es actriz como profesional.
Hemos recogido este resumen de la película en la red:
Nick Longhetti (Peter Falk) tiene que cargar con la responsabilidad de cuidar a su mujer Mabel (Gena Rowlands) que padece inestabilidad emocional. Lucha sin descanso para mantener un ambiente de normalidad a pesar del anormal comportamiento de su mujer; sin embargo, llega un momento en que la situación afecta a sus hijos, de modo que no tendrá más remedio que tomar ciertas medidas.
Nuestro resumen de la película sería el siguiente:
Mabel es una mujer casada que se hace cargo de sus tres hijos y que experimenta el rechazo social y familiar por no ajustarse a los convencionalismos (por sus gestos y comportamientos en sociedad), particularmente los que se espera como adulta, esposa y madre. Su marido Nick, un trabajador de la construcción italiano, con frecuentes arrebatos de agresividad, “la quiere” como es, a la vez que la rechaza y maltrata por cómo es. Desde su autoritarismo patriarcal, y bajo la apariencia de una protección sobre ella y sus hijos, decide bajo la presión de su madre internar a Mabel en un hospital. Cuando regresa, Mabel ya no sabe cómo comportarse; desde su indefensión, solo sus hijos parecen comprenderla.  
La película cuenta la historia de una familia de clase media-baja y refleja los márgenes del comportamiento aceptable para una mujer adulta casada y con hijos en la sociedad estadounidense de los 70. Durante toda la película, Mabel no deja de esforzarse por ser la esposa ideal y la madre perfecta según las normas sociales. Normas que chocan con su personalidad y forma de ser: excéntrica, espontánea, juguetona. Todo su entorno, especialmente su marido y suegra, quieren normalizarla, domesticarla: “Solo queremos ayudarte”. Pero cualquier esfuerzo por parte de Mabel, cae en un exceso artificial todavía más excéntrico que el espontáneo. Como se refleja en la escena en la que baila El lago de los cisnes con los brazos abiertos, Mabel es un espíritu libre y vulnerable, recuerda a Janet, la protagonista de Un ángel en mi mesa.
En la película sorprende el doble rasero que se utiliza para juzgar los comportamientos de Mabel (gestos “excesivos” ¿para quién?, sinceridad y emocionalidad sin filtro social, hablar sola, jugar con los niños como una niña sin importarle la mirada de ese padre “estirado” adulto) y los comportamientos de Nick (llevar a su casa a comer espagueti a todo su equipo de obreros sin avisar, hablar gritando con ataques de agresividad frecuentes, dar cerveza a sus hijos, preparar una fiesta cuando su mujer vuelve del psiquiátrico, etc.). Se habla todo el rato de la “inestabilidad” y los “nervios” de Mabel, pero no se interpretan como tales los gritos y la agresividad de Nick. En Mabel es locura; en Nick es “solo” una agresividad y brutalidad justificadas por su socialización como “macho” sin modales. “Locas y malos” ante la misma conducta, que diría Jane Ussher. El alcohol tampoco parece tener la misma interpretación en manos de ellas que en manos de ellos. A las locas se las interna; a los violentos se naturaliza su comportamiento como “orden” en el seno de una familia y un matrimonio patriarcal.
“Una mujer bajo la influencia” también es una película sobre un “varón bajo la influencia”. Es una película sobre masculinidades, no nos atrevemos a decir “obreras” o “italianas”, porque no creemos que los comportamientos agresivos de Nick sean exclusivos de clases bajas o de su cultura mediterránea. La película nos muestra la violencia “bienintencionada” de un patriarca, el “hombre de la casa” que “gana el pan”, y quiere que todo esté bajo su control y dirección (“¿ves lo que me haces hacer?”, le dice después de pegarle). También ocurría en el “fuera de campo”, o el fuera de escena: Se ha escrito que el propio director, con sus “particulares métodos” de dirección (como no avisar cuándo estaban grabando), provocó una especie de indefensión también en su mujer-protagonista que explica su magnífica actuación.   

Es en las largas escenas de mesa, tanto la de los espaguetis como la escena final cuando Mabel vuelve del psiquiátrico, donde percibimos de forma realista y angustiosa los mandatos de género, el doble vínculo y la comunicación paradójica de Nick sobre Mabel. Las escenas reflejan el mismo patrón: ella tiene comportamientos excéntricos, Nick se sienten avergonzado ante los demás, ella intenta ser “normal”, pero se excede, y ello vuelve a irritar a Nick.
La cena del regreso de Mabel a casa es especialmente violenta. No sabemos nada de la estancia en el hospital, pero sí que ha sido un evento traumático e involuntario para ella (que le ha separado de sus hijos). Una fiesta multitudinaria no parece el mejor recibimiento. Cansada, tiene que hacer frente, con los convencionalismos que tanto le agotan, a toda esa gente. Se esfuerza, quiere agradar a su marido, “¿lo hago bien?”, pero no es suficiente para Nick. Su poca empatía (siempre desde el “cariño y el amor”) le lleva a tomarla por la fuerza y llevarla aparte, no por cumplir su deseo de estar a solas con él y descansar, sino para recriminarle que no está “siendo ella”:    
- Estoy contigo. No puedes hacerlo mal. (Nick)
- No sé qué hacer. (Mabel)
- Quiero que seas tú. Esta es tu casa. ¡Qué les den! Sé tú misma. ¡Venga! Sé feliz. (Nick)
Pero si “es ella” y expresa su necesidad ("me gustaría que os fuerais todos a casa”), no parece ser escuchada. Si es ella y cuenta un chiste, parece fuera de lugar para Nick. Él quiere una “conversación normal”, lo cual exige gritando. Ella lo intenta, hablando de lo que le ha pasado en el psiquiátrico, incluidos los electroshocks. Tampoco le vale. Él quiere una “conversación fácil”. Nick quiere a Mabel por su extraña personalidad y, a la vez, le avergüenzan sus comportamientos. Indefensa, se derrumba.

Dentro de ese contrato sexual, que diría Carol Pateman, entre marido y padre en la familia patriarcal, ella parece pedir ayuda a su padre: “¿Te levantarías por mí?”. Pero la única que parece entender el mensaje es su madre.
- ¿No entiendes lo que nos está diciendo? (su madre)
- Siéntate, siéntate. (padre)

Imagen recuperada de: https://www.filmin.es/pelicula/una-mujer-bajo-la-influencia
Estrenada tres años más tarde que Family Life, parece contestar con su extraño título al final de la película de Ken Loach, donde un psiquiatra expone en un aula universitaria como caso de estudio a una “jovencita”, y afirma rotundamente: “que nosotros sepamos no hay ninguna conexión entre los síntomas y el entorno en el que ha vivido”. Cassavetes parece destacar con el título la importancia de la “influencia” del entorno social y familiar en el malestar y sufrimiento de la protagonista: “Sabéis que no he hecho nada en la vida salvo teneros, a ti, a ti y a ti”, le dice a sus tres hijos. Una mujer bajo la influencia de un marido maltratador “que la quiere”; éste también bajo la influencia de una sociedad patriarcal.

24 de agosto de 2019

Judi Chamberlin: Orgullo Loco y reivindicación de las voces expertas por experiencia

“La coerción psiquiátrica se deriva de la desigualdad histórica entre el psiquiatra y la persona designada como “paciente”, a pesar de que ella puede no haber elegido ese papel, y puede no verse a sí misma como que necesita atención psiquiátrica. El psiquiatra tiene el poder de definir a un individuo como “enfermo mental”, y luego confinar y tratar a la persona según esa denominación. El movimiento de usuarios/sobrevivientes surgió del deseo de escapar del papel de "paciente" de quienes han sido obligados por la psiquiatría, y de redefinir sus experiencias de manera que tengan un sentido personal”.

(Judi Chamberlin, 2007, ponencia titulada “Whose voice? Whose choice? Whose power?”)


Judi Chamberlin (1944-2010) es una de las activistas más reconocidas en el Movimiento Loco. Inspirada en otras movilizaciones sociales por los derechos civiles, que estaban ocurriendo en Estados Unidos y Canadá en la década de los 60’s-70’s, Chamberlin y otrxs sobrevivientes de la psiquiatría inauguraron las protestas por el Orgullo Loco. 

Chamberlin nació en Manhattan y creció en la ciudad de Brooklyn, en el seno de una familia judía de clase media baja (en UMassAmherst). A los 21 años, cuando estaba recién casada, tuvo un aborto espontáneo que le llevó a consultar a un especialista por una posible depresión. Tras analizar su estado emocional, el médico le recomendó ingresar en un hospital. “Y pensé: ‘Oh, un hospital es un lugar en el que vas a recibir ayuda’. Yo había estado en hospitales por cirugías y cosas así, y nunca había pensado que tuvieran algo que ver con derechos y libertades fundamentales. Así que dije ‘Ok, lo intentaré’ (en Shapiro, 2010).

Durante los siguientes siete meses, ingresó de manera voluntaria en distintos hospitales de la ciudad de Nueva York, hasta que finalmente fue trasladada en contra de su voluntad al Hospital Estatal de Rockland. “Muy pronto descubrí que una vez que firmas en papeles que estás yendo de forma voluntaria, no puedes irte cuando quieres irte, lo que fue absolutamente impactante para mi” (en Shapiro, 2010).

Al salir del ingreso, Chamberlin se mudó a Canadá y comenzó a formar redes activistas con otrxs sobrevivientes de la psiquiatría, que ya se estaban auto-gestionando en los márgenes del sistema psiquiátrico. En 1971, regresó a Estados Unidos, donde se reunió con más activistas que iniciaron el Proyecto de Liberación de Pacientes Mentales (Mental Patients Liberation Project - MPLP). Años después, este proyecto derivó en la Resistencia de Pacientes Mentales (el Mental Patients Resistance).

En 1978 Judi Chamberlin publicó el libro “On Our Own: Patient-Controlled Alternatives to the Mental Health System” (Por nuestra cuenta: Alternativas controladas por el paciente del sistema de salud mental). Este se volvió un texto fundamental, casi un manifiesto, para el activismo loco y el movimiento de usuarios, ex-usuarios y sobrevivientes de la psiquiatría.

En el contexto de las movilizaciones por la liberación de la mujer, que tenían lugar durante los mismos años en Estados Unidos, Judi Chamberlin no solo luchó por los derechos de las mujeres diagnosticadas, sino que cuestionó profundamente el lenguaje psiquiátrico utilizado de manera dominante al hablar sobre la locura. Para ella, cualquier experiencia psíquica era mucho más compleja que un “problema médico”, y argumentó que es la sociedad quien contribuye tanto a generar los malestares como a patologizarlos y medicalizarlos (en s.e.smith). En los siguientes años, Judi mantuvo una relación tensa hacia profesionales y académicas feministas que han sido tradicionalmente reconocidas como las voces autorizadas para hablar sobre la locura en las mujeres. Para Judi, reconocer más a las teóricas expertas en psicología y psiquiatría, que a las mujeres expertas por experiencia, era una contradicción con los propios valores de feminismo. Ejemplo de ello fue el debate que mantuvo con Phyllis Chesler, publicado en 1994 en la revista Feminism & Psychology (que desarrollaremos en otra entrada).

Judi falleció a los 65 años por una enfermedad de pulmón, registrando en su blog personal sus experiencias y luchas por el derecho a morir en su propia casa.

Cerramos con fragmentos de una transcripción tomada del sitio web de la Coalición Nacional por la Recuperación en Salud Mental con sede Estados Unidos (National Coalition for Mental Health Recovery); a su vez tomada del vídeo “Judi Chamberlin: Her Life, Our Movement”.


[Voz en off (Leah)]: Judi desafió su pronóstico y continuó ayudando a formar lo que se conoce como el Movimiento de usuarios, sobrevivientes y ex pacientes de la psiquiatría. Fue una época embriagada de los derechos civiles, la concienciación, la liberación de las mujeres y la liberación gay. Judi obtuvo coraje e inspiración de estos movimientos populares. Para 1971, ella estaba trabajando con el Proyecto de Liberación del Paciente Mental en Nueva York. Y el resto, como dicen, es historia.

[Judi]: La gente todavía está siendo castigada por sentir dolor, por sentir su dolor y por tratar de expresar su dolor; y es por eso que existe una necesidad tan grande de instalaciones alternativas para crisis que necesitamos desarrollar. Porque sí, es difícil estar cerca de alguien que no está durmiendo, o que está llorando todo el tiempo, o gritando o desgarrándose la carne, o lo que sea. Lo importante es tratar de conectar a las personas con que eso es real y eso es lo que sienten.

[Judi]: Y al igual que los trabajadores agrícolas y las personas negras del sur segregado, las personas etiquetadas con discapacidades mentales son en gran medida invisibles para el mundo en general. Será así en la medida en que piensen en nosotros como un problema sobre el que alguien tiene que hacer algo, en lugar de como seres humanos, como individuos, como merecedores cada uno de nosotros de la dignidad humana.

[Judi en la World Psychiatric Association, Dresde, Alemania, 2007]: El movimiento de supervivientes y usuarios tiene ciertos principios básicos y estos son generales. Varían de una organización a otra en todo el mundo, pero básicamente coinciden en ciertas cuestiones. Y la principal es que hablamos por nosotros mismos; que otras personas pueden decir que hablan por nosotros, pero nadie puede hablar en nuestra voz. Nuestra propia voz es nuestra propia voz, auténtica, la voz de las personas que han sido etiquetadas, eso. La libertad y la autodeterminación son derechos humanos básicos que no deben ser erosionados o eliminados debido a un diagnóstico médico.

[Judi]: Y ahora estamos viviendo en un momento de cambio histórico en el que las personas con “enfermedades mentales”, como otros grupos que históricamente han estado sin poder, nos encontramos en el proceso de reclamar nuestro derecho a la autodeterminación.

[Voz en off (Leah)]: Durante el resto de su vida, Judi trabajó incansablemente con otros usuarios y sobrevivientes de la psiquiatría para lograr derechos humanos, autodeterminación y alternativas no coercitivas. También construyó muchos puentes con el movimiento por los derechos de las personas con discapacidad. Su legado vive hoy en un movimiento internacional de personas que trabajan para realizar la valiente visión que ella y otros pioneros pusieron en marcha hace casi 40 años.

23 de agosto de 2019

Las locas de La Castañeda: lúcido contraste con la "modernidad" psiquiátrica mexicana

“El 28 de septiembre de 1911, Luz D. llegó con su esposo a la oficina de admisiones del Hospital General Psiquiátrico La Castañeda, la más grande institución estatal dedicada a la atención de hombres, mujeres y niños ‘dementes’ en México de principios del siglo XX”. Así empieza el capítulo IV del libro La Castañeda. Narrativas dolientes desde el Manicomio General, México, 1910-1930 de Cristina Rivera-Garza. Un libro en el que recoge varias narrativas de mujeres que, durante sus ingresos en La Castañeda, subvirtieron las categorías y diagnósticos de enfermedad, reelaborando sus malestares a través de sus biografías en un complejo contexto social.



La Castañeda, de diseño inspirado en Charenton (emblemático psiquiátrico parisiense), fue inaugurada el 1º de septiembre de 1910 durante un evento que reunió a la aristocracia porfiriana. Más allá de plantearse como una innovación para cubrir la atención a la salud mental, La Castañeda fue uno de los grandes íconos de la modernización del país en vísperas de la Revolución Mexicana. Incluso, una vez fue “superada” la guerrilla, en sus instalaciones emergió la psiquiatría profesional mexicana y las primeras sociedades científicas del país (en Oliver, Sacristán y Ordorika). 

Aunque inicia mientras Porfirio Díaz continuaba en el poder (después de 30 años), La Castañeda se desarrolló durante el estallido de la época revolucionaria que movilizó tanto a campesinos como a miembros de las clases medias. Fue cerrada hasta el año de 1968, luego de que se denunciaran públicamente sus precarias condiciones materiales y los maltratos que ahí dentro ocurrían.

Luz D: narrar el malestar desde el cuerpo “en el abrumado contexto de la vida diaria”

La Castañeda funcionó como hospital y al mismo tiempo como un asilo en donde se reproducían las mismas categorías que operaban más allá de sus paredes: divisiones en función del sexo, la clase social, la edad, la obediencia jerárquica, etcétera (tal como lo ha documentado Cristina Sacristán). Y por supuesto, la autoridad recia que se asentaba cada vez más en la figura del profesional (varón) de la psiquiatría. Los psiquiatras varones, educados en el México del porfiriato, elaboraban sus diagnósticos según nociones normativas de género y de clase, detectando enfermedades cuando la conducta de las mujeres se desviaba de los modelos de la domesticidad femenina en el escenario modernizador (en Cristina Rivera-Garza). Diagnosticadas de “locura moral” ("condición" caracterizada por mantener la capacidad de discriminar entre el “bien” y el “mal”, pero negarse a hacer lo que “está bien”) e “histeria”; con signos clínicos como “caprichosas” o “sexualmente promiscuas”, muchas mujeres internadas en La Castañeda resignificaron sus diagnósticos a través de narrativas propias, vinculando sus malestares con las transformaciones sociales de la época.

Una vez ingresada por su padre en La Castañeda, y luego de encontrarse por primera vez con un psiquiatra, Luz D. narra sus malestares y comportamientos desde sus experiencias vitales. Lo que era diagnosticado como “locura moral”, para ella solo podía cobrar sentido a través de su cuerpo, de su sexualidad y de su trayectoria biográfica. Un cuerpo colocado “en el abrumado contexto de la vida diaria”. 

Tal como muchas otras mujeres internadas en La Castañeda, Luz D. utiliza la escritura como una vía de escape y de protesta. Sus notas eran posteriormente leídas e interpretadas por los médicos y psiquiatras, pero no para legitimar los saberes encarnados de las mujeres, sino para validar sus propios criterios clínicos. 

Ponemos un extracto tanto de Luz D. como de un médico residente para comparar la interpretación biográfica de ella y la psiquiátrica de los doctores y ese ejercicio de “injusticia epistémica” permanente: el descrédito del psiquiatra a las palabras de Luz D. por prejuicio y por carecer de recursos (debido a su androcentrismo) para comprender su experiencia como mujer.  


Nací en 1874. Cuando tenía 6 años de edad sufrí fiebre escarlatina, pero crecí sana y robusta después de eso. Cuando tenía 13 años de edad tuve mi periodo por primera vez, sin problemas. Sin embargo, a los 15, me volví nerviosa. Me casé a los 17 y me curé de mi nerviosismo; permanecí sana durante cuatro años. Después, debido a penas morales y a pérdidas físicas, desde que amamanté a una niña muy robusta, me volví nerviosa otra vez de febrero a agosto. Estuve perfectamente bien durante cinco años pero me enfermé de fiebre puerperal y, como resultado, quedé con una condición nerviosa aguda, la cual pude curar con distracciones y viajes cortos. Podría decirse que en este tiempo tomaba bebidas alcohólicas después de los medicamentos prescritos y que, tal vez de manera inconsciente, abusé de ellas.
En 1899 sufrí un severo caso de dipsomanía y el doctor Liceaga me convenció de buscar atención en La Quinta de Tlalpan (1). En ese tiempo sufrí ese ataque debido a la carga en mi vida moral y física porque el hombre, mi esposo, trajo a una mujer a vivir con él y yo no tuve una vida íntima con él desde entonces. El vacío de mi alma se vio reflejado en mis partes físicas. Después, no bebí en absoluto hasta 1901, cuando bebí varios días e ingresé a La Canoa, donde permanecí durante tres meses.
Salí y estuve perfectamente bien hasta 1906, año en el cual, debido al exceso de trabajo, al dolor moral y a horribles peleas, bebí otra vez durante varios días. Regresé a La Canoa (2) y permanecí allí por un año y cinco meses. Salí y estuve perfectamente bien hasta el 29 de septiembre de 1911, cuando bebí un poco de coñac y pulque mientras visitaba a unas personas. Debo advertirle que yo no bebo, a menos que me ponga nerviosa, lo cual sucede cuando el dolor moral, las pérdidas físicas y, sobre todo, cuando el vacío de mi alma se refleja en mi parte física, lo cual me conduce al primer trago. Cuando estoy en control de mi razón puedo soportar un gran dolor. Mantengo el dolor que debo tener dada mi difícil situación y mi exagerada manera de sentir, cuando estoy abrumada por la pasión y la más completa excitación. 

(Fuente: La Castañeda, Narrativas Dolientes… de Cristina Rivera-Garza)


En la siguiente parte de la hoja, el médico interpreta la nota de Luz D. desde su mirada clínica y sus prejuicios androcéntricos y patriarcales. Le resulta curioso que Luz tenga ideas y planes nuevos cada día (p.ej. salir del ingreso), así como la poca estabilidad (la falta de “método”) en sus actividades cotidianas. Le llama la atención que culpe a su marido de su “condición”, que pase horas y días escribiendo cartas en las que cuenta su horrible situación, y que su memoria sea así de “prodigiosa”. Se trata, según él, de un probable caso de locura moral o de histeria, que podrían corroborarse por sus estados de excitación, así como por los dolores que reporta en un ovario. En un ejercicio de insensibilidad de género, para el médico, el ovario izquierdo parecía ser más importante en el malestar de Luz, que el hecho de que su marido le obligara a convivir con su amante. 


La información transcrita arriba fue dada y escrita por la paciente misma, la cual muestra su claro talento para expresar sus sentimientos y pensamientos a través de la escritura. Excepto por sus brotes de dipsomanía, los cuales siempre relaciona con su dolor moral, ella parece una persona moral. Sin embargo, un estudio más detallado revela un estado crónico de excitación maníaca, la cual es más mental que física (un antecedente de la locura moral). 
Ella tiene nuevas ideas cada día, nuevos planes, ya sea salir del hospital psiquiátrico o seguir un comportamiento específico con su marido, a quien culpa de su condición. Cada día, también, ella se queja de su salud, ya sea un dolor en la pierna o en el brazo, cierto mareo que le causa náuseas, un dolor en el ovario izquierdo o incluso hipo. Estos síntomas me hacen pensar en un caso de histeria, la cual, sin duda, está presente, pero son el resultado de su excitación mental crónica.
La hemos visto escribir poemas o cartas durante días enteros en los cuales describe su horrible situación a sus pacientes. Otros días, ella se dedica al trabajo manual. Pero no hay estabilidad en sus actividades; no hay método. Lo que es placentero hoy se vuelve molesto mañana. La paciente está consciente de su situación e intenta corregirse. Ella se compara a sí misma con un caballo difícil de domar, un caballo que no se detiene una vez que comienza a correr. 
La hemos explorado con cuidado y no hemos notado otro detalle que no sea el dolor en el ovario izquierdo, lo cual habla a favor de histeria. No hay signos de intoxicación alcohólica. Para finalizar este diagnóstico, señalaré que ella come y duerme bien y sólo sufre un ligero estreñimiento. Su prodigiosa memoria también es notable. 

(Fuente: La Castañeda, Narrativas Dolientes… de Cristina Rivera-Garza)

Un desafío al mito del progreso

Las mujeres internadas en La Castañeda fueron resistencia viva ante el desarrollo de una medicina occidental y masculina que prometía cumplir con la promesa del Progreso luego de la Revolución Mexicana. Ante las explicaciones “científicas” de médicos formados en Europa y Estados Unidos (que conectaban útero a cerebro), y frente al optimismo posrevolucionario, las mujeres aportaron sus propias narrativas de sufrimiento y sus causas al “reino médico”, negándose así a ser ignoradas y haciendo visibles las contradicciones del proyecto modernizador. Expresando y encarnando su dolor, con sus narrativas, las mujeres internadas en La Castañeda se presentaron como recordatorios humanos de la falacia del Progreso; ellas mostraban el “rostro inverso de la Revolución”.

Imagen adaptada de
https://significanteotro.files.wordpress.com/2016/03/cristina-rivera-garza.pdf
(1) La Quinta de Tlalpan fue la primera institución psiquiátrica privada de la Ciudad de México.
(2) La Canoa, también conocido como el Hospital del Divino Salvador (ubicado en la Calle Canoa en la Ciudad de México), fue el primer hospital psiquiátrico para mujeres, en México.



Fuentes: