31 de julio de 2021

Mujer al borde del tiempo: todavía hay muchas Connies en todas partes


Las utopías vienen del dolor, vienen de la escasez.

Escribiendo ficción lo que haces es cambiar lo que la gente puede imaginar. Si la gente no puede imaginar alternativas, solo puede pedir más de lo que ya tiene (...) si no eres capaz de imaginar una sociedad mejor, te estancas, te llenas de rabia.

Marge Piercy




Marge Piercy (1936-) es una novelista y poeta feminista estadounidense, representante del feminismo radical de la segunda ola. Woman on the Edge of Time (Mujer al borde del tiempo), publicada en 1976, fue considerada un clásico de la ciencia ficción y utopía feminista.

La novela comienza con el segundo internamiento de Consuelo Ramos (Connie) en el hospital psiquiátrico de Bellevue. A través de las primeras páginas, Marge Piercy teje la situación actual de Connie en el psiquiátrico con un relato detallado de su vida, a la vez que describe una sociedad estadounidense violenta y opresora sobre las mujeres chicanas pobres, en concreto, sobre una mujer que aspira “a ser alguien”. Pero cuanto más se rebela y lucha frente al estrecho destino que le depara la sociedad, más es castigada, y más sufre. Su triple identidad, como mujer, como chicana y como loca, la coloca en el límite del tiempo, viajando del presente al futuro, como única forma de resistencia. 

Las ataduras patriarcales como madre, hija y esposa 

Como mujer, y desde los mandatos patriarcales, se espera de Connie los roles prescritos de hija dócil, esposa sumisa y madre devota. En cuanto se sale de ellos, el poder de la razón (mediante sus instituciones y representantes) la excluye, la castiga, la etiqueta como loca y la interna.  

A través de Connie y su madre, Mariana (no son casuales las resonancias cristianas del nombre), Piercy representa las complejas y ambivalentes relaciones madre-hija. Mariana, como madre, es víctima de la familia patriarcal; pero, a su vez, su principal transmisora y reproductora. Sumisa, se dedica a servir a su marido, cuidar la casa, parir y cuidar niños. “Sufrir y servir” es un retrato fiel de esta madre que “come después que el resto de su familia” cual sirvienta. Y lo hace, sin el mayor atisbo de sentimiento de obligación, simplemente lo da por hecho, resignada. Pero además es correa implacable de transmisión de la opresión patriarcal, asume la función de preparar a su hija en la docilidad y servidumbre. 

De adolescente, Connie ve en su madre su propia imagen proyectada y se rebela ante ella y lo que representa, pero su madre responde como leal y cruel guardiana para colocarla en su lugar:

- ¡No voy a crecer como usted, Mamá! Para sufrir y servir, para nunca vivir mi propia vida. ¡No lo haré! 
- Harás lo que hacen las mujeres. Pagarás la deuda con tu familia de sangre. Y ojalá ames a tus hijos tanto como los amo yo.
- ¡Usted no quiere a las chicas igual que a los chicos! Todo es para Luis, y para mí, nada; siempre ha sido así.
- ¡No me alces la voz! Se lo diré a tu padre (…)
- Soy buena estudiante. Voy a ir a la universidad. ¡Ya verá!
- ¡Los libros te están poniendo enferma! ¿La universidad? Ni siquiera Luis puede. (…) 
- ¡La familia! ¡Estoy harta de esa palabra, Mamá! (…) Mamacita, créame, óigame, Mamá; ¡yo la amo! Pero yo voy a viajar. ¡Voy a ser alguien! 

Finalmente, Connie renuncia a sus ideales y planes adolescentes y aprende de forma práctica lo que se espera de ella: depender de un hombre y ser sumisa para sobrevivir. Se lanza al matrimonio buscando seguridad, pertenecer y ser valorada, pero termina encontrando otra fuente de opresión y humillación, esta vez como pareja o esposa. Sus relaciones heterosexuales (con un chico anglo que la abandona tras embarazarla y tener que abortar sin anestesia; con un mujeriego maltratador, etc.) no salen como espera.

Abandonada por su familia y maltratada y golpeada por su marido Eddie, Connie termina buscando cariño en un carterista ciego, robando por él. Consecuencia de todo ello, vienen una serie de desgracias concatenadas: una sentencia por cómplice, una acusación de maltrato infantil, la retirada de la custodia de su hija Angelina y su encierro en el hospital psiquiátrico. Cuanto más lucha Connie por romper su amargo destino, más parece ensañarse con ella: golpeada, humillada, no creída, sola. 

También como mujer-madre, la protagonista vivirá las consecuencias de las violencias de los mandatos de género. Su primer internamiento psiquiátrico fue consecuencia inmediata de una acusación de maltrato infantil. Connie golpeó a su hija, Angelina, tras romper la pequeña sus zapatos. En ese momento, la situación psicológica de Connie era la de una “muerta viviente”, luchando por los cuidados de su hija en situación de pobreza, desesperada por que no terminara andando descalza por la calle. Connie golpea a Angie con el propósito de disciplinar y proteger, pero el castigo resulta en lesiones inesperadas. Y, en el caso de una mujer pobre chicana, ello supone la presencia de los servicios sociales y su evaluación como madre. Finalmente, le quitan la custodia de su hija, dada en adopción.

La trabajadora social le dirigió una de esas miradas con que los humanos miran a las cucarachas. La mayoría de la gente pega a los niños. Pero cuando dependes de la asistencia social y estás con la condicional y todo el establishment  del encasillamiento social tiene el derecho de meterse de vez en cuando en tu cocina y abrir los armarios y mirar debajo de la cama y contar la cantidad de chinches y de zapatos que tienes, mejor que no se te ocurra pegar a tu hija ni una sola vez (p.40).

Tras ello, los expertos afirman, de forma contradictoria, que ha ejercido un maltrato intencional y que “no es responsable de sus acciones". Connie termina en un psiquiátrico y no en la cárcel. Otro caso más de “ellos malos, ellas locas” (sobre todo si son madres). 

Todos esos expertos sentados en línea frente a ella, un jurado vestido de blanco médico y negro judicial: trabajadores sociales, asistentes sociales, consejeros escolares, psiquiatras, médicos, enfermeras, psicólogos clínicos, oficiales de la condicional…, todas esas caras frías y astutas la habían atrapado y atado entre sus redes de jerga adornada con diminutos anzuelos punzantes que se clavaban en su carne y filtraban un lento veneno debilitador. Estaba marcada con los sangrantes estigmas de la vergüenza. Había querido cooperar, ponerse bien. A pesar de lo mal que se sentía, se tiraba en un rincón y lloraba y lloraba, aplastada por la culpa; eso también formaba parte de estar enferma: demostraba que era una enferma más que una mala persona (p.82).

“Blancos y negros” evalúan y deciden si Connie es una mala mujer-madre, por golpear a su hija y descargar su ira y tristeza al perder a su hombre; o una mujer mentalmente enferma cuyas experiencias desgraciadas, incluida la muerte de un ser querido, el comportamiento desobediente de su hija y la rabia temporalmente incontrolada, la llevan al maltrato. Finalmente, la sentencia dice que está enferma, no es malvada. Reconocer que una madre puede hacer daño a sus hijos echaría por tierra el mito de la madre sacrificada y protectora. Sus acciones traicionan la imagen de la mater amatísima: amor, consuelo, protección y tolerancia. Para proteger dicha imagen patriarcal, Connie debe estar “loca”.

El passing y la lucha no es suficiente

Piercy nos muestra las consecuencias materiales y subjetivas del racismo en la sociedad estadounidense, en la vida de una mujer pobre chicana. Consuelo cambia su nombre a Connie, “suena más a persona blanca”, como estrategia de supervivencia y, con ello, en parte disimula su origen. Su sobrina Dolly va más allá, cambia su aspecto físico para pasar por blanca y conseguir “buenos clientes” que le consigue su proxeneta blanco. Ambas interiorizan los mensajes racistas de que parecer anglo equivale a superioridad racial. Pero no importa lo que hagan, nunca serán aceptadas como blancas en una sociedad sexista y racista. 

Los años de educación de Connie hacen que se rebele con ser ciudadana de segunda, que luche por hacerse un hueco en el mundo de blancos. Pero en una sociedad racista, el color de la piel no solo distingue entre blancos y no blancos, también entre clase alta y baja, personas ricas y pobres. Como consecuencia, Connie siente la “vergüenza de ser un bien de segunda”.

Contrastan las opciones de passing y movilidad social de Connie y Dolly con las de Lewis, el hermano de Connie. Tras la guerra, Luis pasa a ser Lewis y se convierte en un hombre de negocios de éxito. Pero, para lograrlo, renuncia y rechaza su identidad y orígenes. Deja de ser el hermano protector que defiende a su hermana, su carácter se endurece y de forma implacable inscribe a Connie en un psiquiátrico para deshacerse y distanciarse de ella y lo que representa. 

Ambos comparten un sentido de lucha, de mirar hacia arriba y aspirar a ser "alguien", pero Connie no puede abrirse camino en el mundo de los blancos como lo hace Luis. Para la sociedad patriarcal y el supremacismo blanco, que una mujer mexicoamericana se atreva a cambiar su destino es un desafío demasiado profundo que merece ser castigado. 

El castigo de rebelarse como mujer chicana y pobre: el internamiento psiquiátrico

Mujer al borde del tiempo comienza con un episodio de violencia de género, donde Connie, al intentar defender a Dolly, su querida sobrina, de su “chulo”-maltratador, Geraldo, termina en un psiquiátrico. Cómplice de la sociedad patriarcal, el psiquiátrico y sus profesionales funcionan para reprimir y castigar a quienes se atrevan a desviarse de las reglas establecidas.

Nadie en el hospital psiquiátrico cree su explicación; nadie quiere conocer su versión, ni se molesta en escuchar o hablar con ella. Y ello porque ya tiene un historial, porque ya ha sido loca; y, de acuerdo con la lógica “racional-cuerda”, una loca siempre será loca. No importa lo que diga, es increíble. La cruel realidad es que, en el psiquiátrico, ya existe un contrato sexual previo. Como institución de control social, construida según el modelo familiar patriarcal (psiquiatra-padre-razón/paciente-hija-irracional), Geraldo sabe que tiene las de ganar: “Se había negociado una tregua entre los dos hombres” (p. 46); y ahora “de hombre a hombre, chulo y médico comentaban su condición” (p.30), privada del poder del discurso, de ser escuchada y creída. 

Aunque a Connie se le concede una entrevista en el hospital psiquiátrico, los médicos solo miran los formularios, no la miran a ella, “un cuerpo registrado en la morgue, carne para poner sobre la balanza” (p.30). En un ejercicio de injusticia epistémica, Connie no es creida, no se atiende su costilla rota como no se atendió su dolor de muelas:

Intentó explicarle a la enfermera que le puso la inyección, a los camilleros que le ataron a la camilla, que era inocente, que tenía una costilla rota, que Geraldo la había apaleado. Era como si hablara otro idioma. (...) Actuaban como si no pudieran oirte. Si te quejabas, lo tomaban como un signo de enfermedad. (...) Había pasado eso la última vez que había estado aquí, cuando había venido con dolor de muelas. Al final, cuando la enfermera y las auxiliares dejaron de interpretar sus quejas como parte de su “patrón de comportamiento enfermizo”, se había transformado en un absceso enorme (p.30-31). 

Aquí dicen que creer que no estás enferma es un síntoma de enfermedad (p.89). Resistencia, lo llamaban, cuando no estabas de acuerdo (p.124).

Connie recibe un trato inhumano por parte del personal, pero no puede quejarse, porque ello es tomado como síntoma. A través de sus ojos y sentimientos, Marge Piercy muestra los tratamientos crueles y violentos otorgados a los pacientes mentales en los años 70 (y todavía hoy): la autoridad absoluta de los profesionales sobre unas personas ubicadas desde “el no ser”, la desatención y el descuido de sus necesidades, la sobre medicalización, el aislamiento como castigo, el electroshock... 

¿Cuánto tiempo había permanecido atada a la cama? No distinguía el día de la noche. Se habían olvidado de ella y moriría aquí, en su propio pis (p.31-32).

El hospital mental siempre le había parecido una broma patética; aquí no se curaba nada (p. 261). 

En el psiquiátrico, todo lo que dice o hace Connie es recibido y registrado como agresión, como mala conducta de la paciente; hasta que, de repente, es valorada como sujeto potencial para un experimento neuro-eléctrico (una operación donde le “implantarían una máquina en el cerebro”) para “controlar o curar la violencia irracional” y “monitorear los resultados”. Probado ya con “cinco mil monos” (p.297), lo siguiente es con gente pobre, “especialmente gente morena y negra” (p.367). Connie presencia, impotente, cómo Alice, otra paciente, es convertida “en un juguete, una marioneta, un mono de laboratorio”. Aparte de convertir a las pacientes en máquinas obedientes, en “zombis”, para “insertarse en la sociedad” y “ser un miembro productivo” de “forma segura y sin cometer actos descontrolados” (p.350, 360-361); con la operación, los médicos varones blancos podrían "hacer historia" (p.277), ganar fama y riqueza. Sin medios para defenderse, Connie es otro conejillo de indias. “Ella sería el experimento. Violarían su cuerpo, su cerebro, su ser. Ya no podría fiarse de sus propios sentimientos. No sería ella misma. Sería su monstruo experimental. Su juguete, como Alice. Su herramienta” (p. 373). 

Para mantener los últimos restos de su identidad, tiene que luchar contra la máquina instalada en su cerebro. Finge ser la paciente modelo (sonrisa y satisfacer todas las expectativas de los médicos) para que la dejen salir a casa de su hermano el Día de Acción de Gracias. Sin posibilidad de escapar, roba algunos venenos, el poder, el poder de lograr, finalmente, enloquecer.

La locura en Mattapoisett 

La comunidad utópica de Mattapoisett es descrita por Piercy en contraste y como respuesta a los males de la sociedad donde vive Connie y que la llevan a enloquecer. Connie conecta con Luciente, abre su mente y salta a otro tiempo y espacio. Allí, todas las personas son respetadas y amadas; todas tratadas por igual, independientemente de su sexo, raza u otras diferencias. Como sociedad igualitaria, Mattapoisett acepta e incluso acoge con satisfacción precisamente la "locura" que ha marginado a Connie en el mundo actual. 

Piercy distingue entre la locura de Connie, causada por la situación de las mujeres chicanas pobres en EE UU (por condiciones sociales externas), y la locura de Jackrabbit en la sociedad futurista de Mattapoisett, causada por razones personales, como fenómeno “natural”, como resfriarse o tener fiebre, producto de “conflictos o desequilibrios internos”. En palabras de Luciente, su “cicerone” en Mattapoisett,  volverse loco es “entrar en contacto con el ser enterrado y la mente interior” (p.90); son ellos mismos quienes toman la decisión de volverse locos. El manicomio en Mattapoisett se convierte así en "lugares donde la gente se retira cuando necesita caer en su interior: desmoronarse, seguir adelante, tener visiones, escuchar voces proféticas, darse contra la pared, revivir la infancia..., entrar en contacto con el ser enterrado y la mente interior" (p.90). "Y no hay nadie que no pierda partes de sí" (p. 90). Connie explica que, en su sociedad, la locura es algo para ocultar, porque “asusta a la gente”; “aquí te meten [en el manicomio] si tu familia u otra gente no te quiere cerca” (p.90), Luciente pregunta extrañado: "¿cómo puede otra persona decidir por mí si ha llegado el momento de desintegrarme, de volver a integrar mi ser?" (p.90).

En la novela, Piercy parece proponer que Connie “no está loca, sino oprimida”, y que en una sociedad utópica donde las opresiones ya no existen, la locura se manifestaría como un conflicto o desequilibrio interno al que se accede de forma voluntaria. Queda la pregunta de si el planteamiento de Piercy sobre la locura en la sociedad de Mattapoisett es realmente utópico, si llega a cuestionar o deconstruir el conocimiento dominante de la locura en nuestra sociedad, al interpretarlo como algo “interno, personal o individual”. ¿Hasta qué punto plantea la posibilidad de una sociedad donde exista la locura sin cuerdismo? (un debate que daría para otra entrada)...

Opresiones entrelazadas y la utopía como resistencia

Connie es representada al mismo tiempo como mujer, como persona racializada y como loca, lo que ayuda a imaginar las intersecciones: qué pasaría si Connie fuera un hombre; si fuera una persona blanca; si nunca hubiera estado psiquiatrizada. Cualquier cambio en uno de estos factores habría resultado en un final diferente, todos interactúan entre sí. La tragedia de Connie no es individual, es la tragedia social de las mujeres, de las mujeres pobres racializadas, de las mujeres locas en los Estados Unidos de la década de los 70. A través de la novela, Piercy rastrea el proceso y las condiciones que llevan a Connie a volverse loca; la locura como “crisol de opresiones” (Patricia Rey), resultado inevitable del cruce cómplice entre el patriarcado, el racismo, el clasismo y el cuerdismo.

A través de la utopía de Piercy podemos imaginar una sociedad diferente, donde la locura no solo es validada y acompañada en comunidad sino, donde, además no hay cabida para las injusticias estructurales que generan sufrimiento psíquico.


Marge Piercy