17 de marzo de 2021

Luna y Magnolia: escritos para ir construyendo mi historia y memorias


Por Luna Magnolia

Concepción (Chile)

Octubre, 2020

 


“No era la primera vez que retornaba a mi pasado psiquiatrizado. Cada vez que vuelvo me enfrento con una herida que sigue intacta”.

 


Puedo reflexionar sobre mi biografía como un ejercicio crítico de reencuentro con mis experiencias íntimas en relación a la violencia que sufrí por uno de los sistemas de opresión centrales de la sociedad patriarcal y colonial; la psiquiatría. 


Enloquecí en octavo básico, a los trece años. Me volví loca en Cartagena [Chile] y el día que bajé [del cerro] sola a la playa chica lo escuché de las olas. Estaba tan desolada y era un invierno terrible de gris que me mataba. 


Mi mar, 2019

Con ese recuerdo empiezo a reconstruir mi relato. Pero surgió un problema para cumplir este objetivo; los daños que generaron las drogas psiquiátricas, y una encefalitis que me tuvo por una semana en la UCI, borraron partes de mi memoria. Aun así, guardo fragmentos de lugares, palabras, sensaciones e imágenes que recuperé para ponerlos a dialogar entre sí, como una red de sentidos internos y políticos y no como una reproducción sistemática y detallada de lo vivido.  


Mi experiencia de vida tiene tres momentos entre violencia estructural y mi identidad: la anulación, la resistencia y la sobrevivencia.


En estos últimos doce años me hermané con el feminismo y la desinstitucionalización voluntaria de manera más bien intuitiva, pero que, pasado el tiempo, me permitió construir una crítica política con respecto a la psiquiatría. 


En estos cruces también me encontré con un movimiento de personas locas, sobrevivientes que se posicionan desde una discursividad y praxis alternativa a los lenguajes de la psiquiatría. No obstante, también tenemos un problema político en relación a la sistematización de los testimonios de los y las locas, por diversas razones. Entre ellas, el desconocimiento de la elaboración de una autobiografía, de cómo organizarla o transcribirla y de su posible publicación. 


Los testimonios son clave para articular propuestas que visibilicen la importancia de terminar con la reproducción de lenguajes y prácticas que atentan contra los derechos humanos de las personas locas y, desde un punto de vista de género, para desmitificar que las mujeres locas no podemos construir un proyecto de vida, optar o negar la maternidad o un aborto como una decisión autónoma y considerarnos como sujetas sociales.


Otro tema que reflexiono contantemente guarda relación con la relevancia de situarme desde una genealogía de las mujeres locas para tener referentes de las memorias de resistencia o sobrevivencia frente al orden psiquiatrizante. Muchas de estas memorias no se narran en primera persona. Por eso, vuelvo a comprometerme políticamente a promover que se instale, en los espacios de activismo loco feminista, una política de memoria que no nos confine al olvido. La psiquiatría nos olvida, nos niega y nos quiere calladas.  


El foco de mis relatos es el devenir feminista loca pues con estos procesos de autoreflexión siento y pienso que debo salir de la figura de víctima para enunciar mi experiencia con esperanza y contrapoder. 


Las pocas fotografías que reviso me muestran con mis múltiples identidades conflictivas desde el cuerpo. La rebelde, la que recibió violencia e intentos de domesticación, y luego, el desnudo por la libertad. Mi cuerpo en la calle militando un nuevo mundo es parte de cómo adquiere vida, dolores, y es mi actual soporte de lucha. 



Temuco, 2016

Estos extractos de resistencias y sobrevivencia son una transmutación desde un proceso individual hasta convertirse en mi bandera de lucha, el feminismo loco. 


En mis relatos busco expresar estas migraciones de lo que sentí, viví y cómo me fui proyectando. En estas biografías también aparecen las imágenes de mujeres locas con las que me siento identificada, representada y a las cuales admiro de algún modo por sus sensibilidades, experiencia loca y por su producción creativa. Sus imágenes en blanco y negro por retratar esas capas de memoria y de qué manera los sistemas de opresión violentos de la subjetividad han estado presentes en occidente.


[Kate Millet, Alejandra Pizarnik, Janet Frame y Agustine] 


La música que me recuerda mi primera internación en el manicomio es la banda sonora de la película Magnolia de Paul Thomas Anderson [1999]. 


Años más tarde, cuando desperté de un delirio por la encefalitis en la UCI, fui trasladada para mi recuperación a la UTI. Mi brazo y pierna derechos no podían moverse y sentí extrañamente que amaba la vida. Un día le pedí a una enfermera que prendiera la televisión y justo estaban pasando Magnolia. Evidentemente la vida quería que yo me convirtiera en una Magnolia y floreciera pese a todo.

 

Magnolia 1999


Y el tango es una lectura electrónica de una nueva migración hacia Buenos Aires que luego me arrojó al manicomio en Santiago. Con esos tangos nuevamente me fui a Temuco. Entonces la música, los sonidos, lugares y naturaleza también ocupan un lugar central en mi autobiografía que parte desde mi mar. 


Tanghetto, hasta el infinito


Mi mar y sus aguas que fluyen para no ser capturados. 




8 de marzo de 2021

Nosotras, las locas

 

Foto de Paula Rubilar

Por Luna Magnolia

Feminista loca – Concepción (Chile)



Este 8 de marzo siempre me resuena que no estamos todas en las marchas y las movilizaciones feministas, pues faltamos las mujeres locas.

 

Muchas de nosotras vivimos en confinamiento permanente. En nuestro hogar o en hospitales psiquiátricos y me gustaría que eso cambiara para siempre. 

 

Nosotras con nuestros tiempos anti-lineales, oblicuos y modos de relacionarnos, también, somos parte de las luchas por una vida libre de toda violencia patriarcal. ¡No me olvido de que uno de los tentáculos del patriarcado es la psiquiatría! 

 

Tenemos luchas y también rebeldías contra el sistema que nos dice que no somos dóciles y que no podemos habitar y participar en la vida comunitaria. 

 

Recuerdo que cuando estaba en el colegio me costaba mucho levantarme, siempre llegaba a clases tarde, me costaba cumplir con la enorme cantidad de tareas, con los largos horarios y quedarme “tranquilita” en mi puesto. 

 

Para mí era un dolor terrible cumplir con todas las exigencias del sistema educativo, que ahora sé que es injusto, vertical y, en general, nos quita la creatividad para convertirnos en receptáculos de información. 

 

Constantemente me provocaba crisis existenciales tener que ceñirme a un régimen tan estricto en los que los sentires y emociones no eran importantes. El castigo social e institucional que recibía era saber que no sería nadie para esta sociedad, que era un fracaso inminente, que no tenía ninguna habilidad, destreza y que mis sueños serían inalcanzables. No podría tener un buen puntaje PSU porque no me concentraba, no podría ir a la mejor universidad, no podría ser la radiante y racional mujer que se esperó de mí alguna vez. 

 

Me duele recordar que cada día fui asumiendo una postura de víctima cuyo destino era consumir medicamentos psiquiátricos carísimos, ir a terapias infructíferas, estar por meses con crisis internada en el manicomio, no amarme/odiarme y, lo más triste, creer que mis rebeldías estaban equivocadas.

 

En ese mismo espacio de control, represión y domesticación masiva conocí el feminismo y hoy siendo adulta, puedo reconocer y gritar que el feminismo me salvó la vida, me llenó de alegrías, esperanzas, sentidos para seguir resistiendo, para amar la vida humana y no humana. 

 

El feminismo me dio el coraje para encontrarme y resignificar mis sentires, miedos, inseguridades y hacer sentir las más hermosas crisis para reencantarme con mi interioridad y espiritualidad profunda.

 

Hoy habito en este territorio que tiene rabia cuando se entera de la cantidad de niñas, niñes y niños que están viviendo lo mismo que viví. Este territorio que nunca se cansará de cuidarse en la crisis subjetiva y que, cada vez que pueda, abrazará a quien lo necesite.

 

En este 8 de marzo, agradezco la existencia de feministas que luchan con su vida, pensamiento, sentir y acción. Los feminismos se volvieron millones.