16 de noviembre de 2020

Kryygi: una reparación pendiente ante el ensañamiento del racismo científico


Por Milagros Oberti

Mujer, niña, india, esclava, sirvienta, salvaje, sexual, loca, muerta, objeto. La historia de Kryygi se remonta al siglo XIX y permea los inicios del siglo XXI; al que hay que reclamar y denunciar reiteradamente para que no olvide. Kryygi es la breve historia de una niña que condensa y recorre los cabos y nudos de la antropología y la ciencia en sus inicios; entre el delito y la degeneración, una presunta prehistoria y su dominación, el control de la mente y la sexualidad, la locura y la mujer. Kryygi, bautizada como Damiana, fue convertida en objeto de estudio, así como fue ejemplar de una cultura “salvaje” de la cual procedía. El avance de la civilización ilustrada y el progreso positivista la convirtieron en objeto de la ciencia: desde ahí, su condición femenina, combinada con su inferioridad racial escondida en alguna parte del cerebro, deberían explicar su sexualidad y salvajismo. Esta biografía recorre una historia de despojo de vidas e identidades en un país donde la apropiación de niñxs recorre el tiempo, mucho antes de la Dictadura Militar de 1976; y comienza con el genocidio y etnocidio a los pueblos originarios en nombre de la ciencia en el siglo pasado. A 124 años de su apropiación, y a solo diez años de la restitución de sus restos a su comunidad de origen, la historia de Kryygi nos habla.

1896 – Primera apropiación. Cuando Kryygi será Damiana, en Sandoa, Paraguay

Pocos registros nos pueden clarificar algún origen de lo que serán 14 años de múltiples formas de violencia, entre la apropiación y la servidumbre, el castigo y el encierro. Sin embargo, en los Anales del Museo de La Plata escritos por Charles de La Hitte, se encuentran las pistas de esta historia. El 25 de septiembre de 1896 un colono de la zona de Sandoa (Paraguay) encontró muerto a su caballo y decidió vengarse: salió a cazar a un grupo de personas del pueblo originario que vivía en dicha zona, la comunidad Aché ("los que hablan, las personas"), o más conocidos y mal llamados, guayaquíes ("ratones de monte o ratas de campo").

Ese mismo día, unos colonos blancos de la zona de Sandoa (Paraguay oriental) realizan una expedición porque les ha sido robado un caballo e inmediatamente acusan a un grupo cercano de guayaquíes. El colono y tres de sus hijos marcharon con armas de fuego y descubrieron a un grupo de guayaquíes que estaba almorzando y, sin dar preaviso, los balearon. Cayeron tres muertos, entre ellos una mujer. Los demás huyeron espantados. En el lugar había quedado una niña guayaquí que tenía un año “más o menos”, a la que se llevan los asesinos (Osvaldo Bayer, 2010).

Luego de las tres muertes y los machetazos a la posible mamá de Kryygi, los colonos se apropiaron de la niña, dando inicio a su cautiverio: fue bautizada como Damiana, por el día de la matanza, que es el mismo día de San Damián, y conducida al destino de tantxs niñxs Aché en 1896 y en la reciente actualidad:

Los niños aché eran sirvientes muy leales, así que era muy común que se los capturara. Hasta hace muy poco en Paraguay existía una institución que se denominaba el ‘criadazgo’: las familias ricas traían niños del campo a la ciudad para ponerlos a su servicio. Como contrapartida les permitían estudiar, pero en realidad eran pequeños esclavos (Fernández Mouján en Revista Ñ, Clarín, 2015).

Dos primeros arrebatos, dos apropiaciones: un bautismo de nombre blanco, europeo y católico; y una separación de su comunidad a la que no regresará hasta más de 100 años después. Apropiación de un nombre, una identidad y una infancia, en nombre de la esclavitud y la servidumbre.

Revista del Museo de La Plata. 25 de agosto de 1908

En la ciudad de La Plata, a más de mil kilómetros de Sandoa, se erigía una ciudad de horizonte positivista en nombre de la ciencia, el progreso, la sed del “descubrimiento” (de un mundo supuestamente prehistórico) y la supremacía racial, simbolizada en la Universidad de La Plata y el Museo de Ciencias Naturales, además del incipiente Hospital de Melchor Romero. Desde aquí, dos antropólogos europeos, el francés Charles De la Hitte y el holandés Herman Ten Kate, emprenderán un viaje a la selva paraguaya, atraídos por el misterio que la comunidad Aché despertaba en los imaginarios cientificistas y blancos. No solo se tenían pocas pruebas efectivas de la existencia de tal pueblo (una mera descripción del siglo XVI), sino que se fabulaba que aún vivían en la edad de piedra y habían caminado junto a los grandes mamíferos del cuaternario. En los parámetros de su racionalidad occidental, el abismo entre los "guayaquíes" y el hombre moderno era tan profundo que no podía ser llenado; tarde o temprano, seguirían el camino de las especies de la edad de piedra, junto a quienes caminaron (De la Hittle en Diego Ballestero, 2013). Dos particularidades físicas de los achés despertaban el imaginario de los científicos del siglo XIX: la piel blanca y el pelo del rostro. Hipotetizaban que en algún momento los vikingos habían arribado a esta zona del mundo, procrearon y dejaron su huella genética en este pueblo primitivo. 

Gustavo Vallejo cuenta cómo, tres meses después de la matanza, ambos científicos llegan a Sandoa y conocen a la niña, quien fue descrita por De La Hittle como una niña que "parecía un poco triste y enfermiza". También son llevados por los colonos al lugar de la matanza para recoger los restos de la mujer que yacía aún muerta para llevarlos al museo. No solo vuelven a La Plata con pruebas y huesos, sino que la niña les fue "útil" para que continuaran sus estudios y un auténtico trabajo de campo basado en fotografías, mediciones y pruebas varias. Kryygi encarnaba la oportunidad de obtener observaciones sobre "la tribu conocida hasta aquella época sólo por el nombre". El antropólogo holandés Herman ten Kate registró las medidas pertinentes y perpetuó la imagen de la niña de aproximadamente dos años en una placa fotográfica. También fueron anotadas tres palabras pronunciadas por la niñita: “caïbú, aputiné, apallú” y se estimó que se trataba de voces para llamar a sus xadres.

Damiana primero fue secuestrada por los colonos para ser utilizada como sirvienta, pero luego es vendida a los antropólogos y pasa a ser una cautiva de la ciencia. Su cuerpo se convierte en un objeto de estudio mientras vive y luego de su muerte (Revista Ñ, Clarín, 2015).

1898 – Segunda apropiación. Sirvienta y “muestra viva”. Infancia, ciencia y servidumbre

Se sabe que tiempo después Kryygi es enviada a una estancia en San Vicente, a 50 kilómetros del sur de Buenos Aires, y a una similar distancia de La Plata (mil kilómetros alejada de su tierra natal). “La casa de Carlos Korn, donde nació su hijo, Alejandro, fue el destino de Damiana, quien allí creció siendo preparada para las tareas de mucama y sirviente que luego pasó a cumplir” (Gustavo Vallejo, 2019). Alejandro Korn, como hijo y heredero de la estancia, es un filósofo, médico y psiquiatra ya reconocido, director del Hospital de Melchor Romero, que con el paso del tiempo será el hospital psiquiátrico Dr. Alejandro Korn “Melchor Romero”. En esta encrucijada de hombres, nombres e instituciones, se encuentra Damiana: mucama de la aristocracia y campo de la antropología.

El antropólogo alemán Robert Lehmann-Nitsche, toma el lugar de Ten Kate en el museo y rápidamente interviene en “el caso” -y la vida- de Damiana, gestionando para ella un destino científicamente controlado. Confinada a la casa de los Korn, también es el sustento “vivo” del auge del Museo de Antropología de La Plata, fundado por Perito Moreno, “gran coleccionista de huesos indígenas que ‘alojó’ en el sombrío edificio rodeado por un bosque a decenas de mapuches o de tehuelches, muchos de ellos conocidos caciques que murieron allí” (Alicia Dujovne Ortiz, 2009). 

Este entrecruzamiento espacial-temporal y científico confirma su destino de esclavitud y servidumbre: la Señora Korn utilizará a la niña con fines de sirvienta y el antropólogo Robert Lehmann-Nitsche le hará, a su vez, pruebas y mediciones. Sin embargo, ante todo pronóstico racista, los científicos y antropólogos quedan atónitos porque Kryygi "hablaba excelente alemán y español y cumplía con los estándares de las niñas alemanas". Allí prestó servicio de mucama hasta que, al llegar sus 14 años, la familia decidió confinarla al hospicio que dirigía Korn:

Sabemos por su diario privado que Lehmann-Nitsche sometió a la niña a prolijos estudios antropométricos, basados en el modelo de una chica alemana de su misma edad. Patricia Arenas piensa que la tomó de conejillo de Indias desde muy pequeñita […] Si su intención era probar la superioridad de la raza blanca con esas mediciones, la niñez de Damiana no le dio el gusto: la indiecita no alcanzaba la altura física de una Gretchen, pero hablaba corrientemente el castellano y el alemán, y su inteligencia se desarrollaba con una normalidad casi apabullante (Alicia Dujovne Ortiz, 2009).

Hospital Alejandro Korn, de Melchor Romero. Foto: abril de 2015. Recuperada de https://www.eldia.com/nota/2015-4-6-celebran-los-131-anos-de-creacion-del-hospital-de-melchor-romero.

1907 – Tercera apropiación. La patologización de la sexualidad, el argumento salvaje

¿Por qué es obligada a estar confinada en el Hospital de Melchor Romero? Por la llegada de su pubertad, por su "despertar sexual desenfrenado", por envenenar un perro cuando fue encerrada en su cuarto, por desaparecer durante días enteros e invitar a personas al cuarto, por no encontrar enseñanza moral ni castigo por parte de la familia “que la cure”, por su "ingenuidad entregada a los placeres sexuales", por su "salvajismo erótico": por vivir su sexualidad. Según los registros del científico alemán, su traslado se debía a su “libido alarmante” y a la “ineficaz educación por parte de la familia”.

La libido sexual se manifestó en ella de una manera tan alarmante -escribió Lehmann-Nitsche- que toda educación y todo castigo de parte de la familia fueron inútiles. Ella se consagraba a la satisfacción de sus deseos con la espontaneidad instintiva de un ser ingenuo (Robert Lehmann-Nitsche, 1908: 92-93)

En el hospital, encerrada y confinada “por su sexualidad salvaje”, no deja de ser objeto de la ciencia: a sus 14 años de edad, el investigador alemán Lehmann-Nietzsche -que siguió su vida de cerca, cual fetiche primitivo- la fotografía desnuda, registrando un archivo visual que será mostrado durante años en el Museo de La Plata (y que visibiliza más que la desnudes de una niña). Una fotografía que enuncia a gritos cómo fue víctima de los deseos científicos y del frío invierno de la ciudad; habla de los pasos previos a su muerte y de su cosificación posterior. Damiana, quien fue meticulosamente estudiada y analizada, sin dejar pelo que medir ni aureola que comparar, morirá dos meses después sin que se haya podido registrar “la enfermedad” que supuestamente la aquejaba. Los exámenes desafiaron drásticamente las presunciones del poder científico, las mediciones externas no daban pruebas certeras de la inferioridad racial y de su ninfomanía. Hubo que hurgar internamente, hasta encontrar supuestas pruebas en su cerebro.

Las anomalías sexuales de una india conformaban un caso importante para estudiar, porque a través del cruce entre el cuerpo y la población, sus conductas anormales no solo eran indicios de un mal propio sino también del que podía evitarse a los demás (Gustavo Vallejo, 2019: 61). 

Su sexualidad desenfrenada abría paso a una riesgosa reproducción de un pueblo primitivo destinado a desaparecer -por la vía que fuera necesario-. Una supuesta anormalidad, “probada” por la ciencia, fue el argumento para su intervención imaginaria, simbólica y física, así como su reclusión y consecuente muerte.

1908 – Cuarta apropiación: antropológica científica. Valer más muerta que viva

¿Por qué esta historia no muere, con la muerte de Kryygi? Porque nunca fue un sujeto que podía tanto vivir como morir, sino un objeto a los ojos de quienes la rodearon toda su vida. El cuerpo de Kryygi es apropiado por quinta vez, pero en esta oportunidad por el Museo de La Plata y por la Sociedad Antropológica de Berlín. En Argentina quedarán sus huesos pertenecientes a un cuerpo que nunca cedió a las pruebas de barbarie; en Alemania, el investigador Johann Virchow recibirá la cabeza para encontrar los indicios tan buscados, las señales de una raza inferior y primitiva en el cerebro y estudiar la musculatura facial. 

Pero un percance puso en riesgo ese propósito: Lehmann Nitsche (1908) explicaba que “el cráneo había sido abierto en mi ausencia y el corte del serrucho llegó demasiado bajo”. Por este motivo, “la preparación de la musculatura de la órbita que quería hacer Virchow”, tras haber sido puesto al tanto del experimento, debió ser desestimada. De todas formas, señalaba que el cerebro, “conservado de manera admirable”, pudo ser enviado a Berlín, como también la cabeza -serruchada- (99) (Gustavo Vallejo, 2019: 64).

Los restos de su cuerpo quedaron en el olvido en algún depósito del Museo de La Plata. Su cabeza se expuso en alguna vitrina de un museo alemán, durante un siglo bajo el título de “Cráneo de una india guayaqui de frente y perfil”. La historia de Kryygi, así, se desvanecía en los cajones de madera, los registros amarillentos, el tiempo y el océano. 

2007 – La restitución

¿Por qué esta historia no termina con la muerte y la exposición de los restos de Damiana? Porque el pueblo aché, aunque confinado a descampados que supieron ser su hogar, aún sigue vigente: reclamando sus tierras y su identidad. Cuando dejaron de ser “un pueblo de la edad de piedra” que despertaba interés y fascinación, blanco de los intentos de comprensión -cual eslabón perdido y llave de la humanidad-; se convirtieron en un pueblo perseguido por los gobiernos y las dictaduras, olvidados por la sociedad, y en resistencia frente al exterminio. 

En 2007, Paraguay reclama y exige a Argentina los restos del pueblo Guayaquil que están en los museos, los depósitos, las universidades y los laboratorios. 

En marzo de 2007, una organización indígena paraguaya reclamó a la Argentina “la restitución de todos los restos mortales pertenecientes a miembros de la etnia Aché que yacen desde hace más de un siglo en las colecciones del Museo de La Plata”. También exigieron la “devolución de todas las piezas aché de las colecciones etnográficas de dicho museo que fueron obtenidas en forma ilegal o violenta como así los objetos provenientes del saqueo de un campamento aché”.(Osvaldo Bayer, 2010).

Ese mismo año un joven antropólogo del Museo de La Plata identificó parte de los restos de Kryygi, que estaban perdidos en un depósito, en esta zona del mundo que durante años significó un enigma universal. Su cabeza fue encontrada poco después en el Hospital Charité de Berlín. La reconstrucción de su historia significó el ensamble de un cuerpo, pero también de una biografía signada por la apropiación, la esclavitud, la prisión científica y el encierro. No es una historia individual, es la historia de un pueblo, de una tierra. Durante años, los principales representantes de los arrasados pueblos originarios (los caciques Inacayal, Foyel y Sayhueque, sus mujeres y sus hijos) fueron exhibidos en el Museo del Perito Moreno como objetos antropológicos de “salvajes” disecados. Ya los restos del cacique Inacayal descansan en sus tierras chubutenses, en Tecka.

Para junio del 2010, los restos de Kryygi descansan en su tierra guaraní. Pero su pueblo aché, aún no tiene descanso, lugar, ni restitución. Obligados a abandonar sus prácticas y tradiciones, siguen resistiendo al racismo, al despojo y al olvido. 


Ceremonia de restitución de los restos Aché, catalogados como “Damiana”, año 2010. Fragmento obtenido del documental Kryygi.


NOTA DE LOKAPEDIA: La mayor parte de textos históricos sobre la vida de Kryygi y de su pueblo sigue mostrando imágenes cosificadoras de su cuerpo desnudo, medido y registrado para los archivos antropológicos, desde una mirada cientificista, racista y colonial. Desde la Lokapedia rechazamos este uso de las imágenes y denunciamos que todavía hoy estas prácticas se siguen haciendo, “por el bien de la ciencia”, sobre cuerpos que se salen de la norma. Por otro lado, en este texto hemos omitido imágenes de antropólogos blancos sobre pueblos indígenas como una forma de denuncia sobre quién se coloca de forma hegemónica como sujeto de conocimiento y quién como objeto.


Referencias: