5 de septiembre de 2020

Mi mala madre, la loca



Madre loca e hija loca, las malas

Madre loca e hija loca, las malas



Por Panchi Palurdos



“¡Hola, mamita!” – Tienes una mala madre. - “¿Cómo estás?”- Te abandonó. - “¿Cómo va el trabajo?”- Está loca.


¡Ah! ¡Mi mala madre, la loca!


“Tienes una mala madre… te abandonó… está cagada de la cabeza…tu madre está loca, te abandonó y es una mala madre. Que seas lesbiana es culpa del abandono de tu mala madre, la loca. Que seas alcohólica es culpa del abandono de tu mala madre, la loca. Que todo lo que no me parece como padre sobre ti, es culpa de tu mala madre, la loca, porque es madre, una mala madre y está loca. ¿Dónde estuvo ella, tu mala madre, la loca, cuando la necesitaste?”


La primera persona que me dijo que mi mala madre, la loca, me había abandonado, fue la pareja de mi padre. Sí, la misma mujer que se metía en mi cama de niña y se frotaba contra mi cuerpo, la de los primeros gemidos que escuché, esos que eran el ruido estruendoso del quebrajarse de mi ternura infantil. Sí, la misma que no oscilaba a la hora de gritarme, de amenazarme, de… tal vez esto no corresponde aquí. Esa nunca fue mi madre, aunque quisieron forzarme a decirle madre, buena madre, porque claro, ella no estaba loca y estaba ahí, pero yo nunca le dije madre. Mi madre, es la mala madre, la loca.


La primera persona que me dijo que mi mala madre, la loca, estaba loca, como si eso fuese un insulto, algo de lo que avergonzarse, algo malo, fue mi padre. Sí, el mismo que me dijo que todo eso que a sus ojos había de malo en mí, era culpa de mi madre, mi mala madre, la loca. “Te pareces tanto a tu madre”, es lo que escucho cada vez que hago o digo algo, o no hago, o no digo, que a sus ojos de padre es reprochable.


A lo largo de mi vida he escuchado de distintas personas decir que tengo una mala madre. Porque mi mala madre, la loca, se fue a vivir a los Estados Unidos cuando yo tenía alrededor de 5 años, y vive allí desde entonces tratando de tener un mejor porvenir del que tenía en Chile; y que, por el contrario, el lugar de las buenas madres es en la casa criando a sus hijes.


Mi mala madre, la loca, estaba lejos, pero siempre estuvo ahí para mí dentro de sus posibilidades de mujer trabajadora precarizada, ahorrando peso a peso para poder llamarme, mandarme una carta, una encomienda, algo de dinero, viajar cada dos o cuatro años para verme, tomar mi manito, besarme la frente, decirme “te amo”. Mi mala madre, la loca, me regaló a la Flor Julia, su primera y única muñeca, mi primera muñeca, esa que no pude impedir que botara a la basura la pareja de mi padre, esa muñeca que debería todavía acompañarme como el tesoro que es. Mi mala madre, la loca, tenía tres trabajos para poder ahorrar y estar presente en mi licenciatura de cuarto medio. Mi mala madre, la loca, me enseñó a ser humilde, empática, a respetar a les demás, a admitir cuando nos equivocamos y tratar de enmendarnos, a luchar por aquello en lo que creemos y queremos, a valorar mi corazoncito, entre tantas otras cosas. Mi mala madre, la loca, viajó de sorpresa y apareció junto a mi cama un día mientras deliraba de fiebre y me cuidó hasta que mejoré. Mi mala madre, la loca, luego de haber vencido el cáncer al pulmón, volvió a juntar todos sus pesos y se deshizo de las pocas cosas que había logrado juntar con el sudor de su frente, para viajar a Chile y acompañarme cuando caí en rehabilitación. Porque sí, yo, su mala hija, la loca, soy alcohólica, o eso han dicho incansablemente.


De todo lo malo en nuestras vidas siempre le han atribuido la culpa a mi madre, por ser mala y estar loca, y a mí, por parecerme a ella, ser mala y estar loca.


¿Qué saben esas personas sobre ser madre y ser hija como para juzgarnos? ¿Qué saben esas personas sobre ella, mi madre, la loca, como para decir que es una mala madre? ¿Qué saben esas personas sobre mí, su hija, la loca, como para decir que soy una mala hija? ¿Qué saben esas personas sobre lo que es estar loca?


Mi mala madre, la loca, nació en Antofagasta, Chile. Creció en las poblaciones mineras del norte de ese país, jugando entre adultes con amiges imaginaries, porque no tenía a nadie más. A sus seis añitos fue internada en el hogar de niñas La Providencia, lugar donde pasó su infancia y adolescencia. Nunca visitada por su familia. Ignorada por su abuela en razón de ser mujer. Maltratada por las monjas. Abusada sexualmente por su padre. Obligada a trabajar desde ese entonces durante todos los veranos. Esas eran sus vacaciones de niña, de mi mala madre, la loca.


Me han dicho que mi mala madre, la loca, nos tomó un día a mi hermano y a mí y huyó de la casa de mi padre, mientras éramos muy pequeñes. Nunca he sabido todo lo que debió haber pasado que la llevó a tomar esa decisión. No puedo imaginar el dolor, el sufrimiento. Juntes conocimos la pobreza y el hambre. Deambulamos por distintas regiones del país, siempre de allegades indeseades, siempre violentades, siempre malas, siempre locas. En nuestros días más duros sólo podíamos alimentarnos de comida para perros, porque no había más.


Cuenta mi padre que un día lo llamó una señora que aparentemente vivía en la misma pensión que nosotres y le dijo “si usted quiere a sus hijos, va a hacer todo lo posible por recuperarles”.


Sí, mi mala madre, la loca, nos golpeó, así como la golpearon a ella, pero lo cierto es que mi mala madre, la loca, ha sufrido más de lo que se pueden imaginar. Yo, su mala hija, la loca, también. Nos ha hecho sufrir el capitalismo, el patriarcado y el cuerdismo. Conmigo también ha hecho lo suyo la heteronorma y la lesbofobia. Con ella también ha hecho lo suyo el racismo y la xenofobia.


Nos han oprimido, nos han violentado, nos han juzgado, nos han discriminado, por haber sido pobres, por ser mujeres, por estar locas. Somos mala madre, la loca, y mala hija, la loca.


Mi mala madre, la loca, perdió el cuidado personal de sus hijes, mi hermano mayor y yo, su mala hija, la loca. Mi mala madre, la loca, dice que un tiempo después de eso, un día la encontraron los carabineros deambulando por las calles, hablando sola. Se ganó boletos para la cárcel psiquiátrica. Estuvo ahí un par de años, donde le pusieron una etiqueta diagnóstica, la amarraron, la doparon con drogas psiquiátricas y le aplicaron electroshocks. Mi mala madre, la loca, dice que tiene muchas lagunas mentales sobre esa época de su vida y que muchas veces prefiere no recordar, porque le duele. Duele el cuerdismo que encierra y castiga su locura. Duele la pobreza a la que la somete el capitalismo. Duele ser mujer cuando se vive en sociedades patriarcales. Duele ser una mala madre, una loca.


Del vientre de mi mala madre, la loca, salí yo, su mala hija, la loca. Su mala hija, la loca, también fue encerrada en una cárcel psiquiátrica cuando intentó pedir ayuda luego de tantos episodios de violencia sexual que ha vivido y haber cometido un intento suicida. A su mala hija, la loca, también le han puesto muchísimas etiquetas diagnósticas, ha sido dopada con drogas psiquiátricas y amarrada a una camilla. Su mala hija, la loca, la primera vez que le pusieron “contención mecánica”, gritó desesperada que no entendía porqué la amarraban a ella mientras quienes la habían violado seguían libres.


Podría decir tantas cosas sobre esa mala madre, la loca, y esa mala hija, la loca. 


Loca madre y loca hija, las malas, tienen una relación de complicidad. Se acompañan en la distancia, porque su amor desconoce de cualquier frontera. Madre loca e hija loca, las malas, se aman y luchan día a día contra el patriarcado, el capitalismo y el cuerdismo, desde sus propias trincheras, cada cual como puede, una en Estados Unidos, la otra en Chile.


Mi mala madre, la loca, está orgullosa de su mala hija, la loca, la mujer, la lesbiana, la camiona, la trabajadora social en potencia, la alcohólica rehabilitada, la mala influencia, la aspirante a rapera, la activista del feminismo loco, la escritora frustrada, la sobreviviente de violencia sexual, del maltrato infantil y de la psiquiatría, pero por sobre todas las cosas, de su mala hija, la loca. Su mala hija, la loca, está orgullosa de su mala madre, la loca, la mujer, la sudaca en resistencia, la migrante, la pobre, la trabajadora precarizada, la auxiliar de aseo, la estudiante, la que le ganó al cáncer al pulmón, la que pinta ocasionalmente, la escritora frustrada, la sobreviviente de violencia sexual, del maltrato infantil y de la psiquiatría, pero por sobre todas las cosas, de su mala madre, la loca.


Si hay una cosa más que agregar sobre mi madre, la loca, es que, para mí, puede ser muchas cosas, menos una mala madre. Espero que, para ella, yo, su hija, la loca, no sea una mala hija.