1 de diciembre de 2019

Las voces que hay que oír: alternativas feministas a la psiquiatrización


Los textos recopilados en el monográfico de la Revista Mujeres y Salud "Las voces que hay que oír: alternativas a la psiquiatrización", son un ejercicio de resistencia ante la tendencia a marginar y patologizar la experiencia psíquica, en concreto la Escucha de Voces. Publicado en el año 2014 y coordinado por Patricia Rey y Leonor Taboada, este monográfico reúne experiencias en primera persona y experiencias profesionales que desafían la histórica y rígida diferenciación entre locas y cuerdas. A la vez, reivindican el saber de la locura frente a su patologización y psiquiatrización, y lo complementan con la crítica al sistema psiquiátrico tradicional, en concreto, al abordar los malestares de las mujeres y en la comprensión de las disidencias de sexo-género. 

La potencia del monográfico radica no solo en compilar una gran multiplicidad de voces (nunca mejor dicho) -activistas, poetas, locas, profesionales, usuarias-; sino en borrar, cruzar y confundir categorías y jerarquías de experiencia y conocimiento. Y hacerlo, y he aquí lo particular, desde una perspectiva de género con un lenguaje cercano y accesible.  

"Ella está cavando su propia tumba", le decía una voz a Eleonor Longden, luego de haber relatado por primera vez a un psiquiatra su experiencia de escucha de voces. Y es que este hecho abrió la puerta a una serie de eventos que rápidamente la sobrepasaron: hospitalización involuntaria, diagnóstico de trastorno mental severo y una sensación “tóxica” de desesperanza. Como explica Sara Toledano, se cumplía el “efecto profético” de la cronicidad, en donde el propio diagnóstico crea una realidad que es asumida y se integra en la identidad de la persona, instalándose como condicionante de la vida, el mundo relacional y el futuro. ¿De dónde viene el efecto profético? Desde una perspectiva histórica, viene desde mediados del siglo pasado, cuando ganó terreno en occidente la compresión biomédica de la experiencia psíquica. En consecuencia, sentires y conductas tienden a ser interpretadas como "signos" y "síntomas" de una "enfermedad" presunta y difusamente localizada en la "mente". Efecto profético que es, a su vez, efecto de otra profecía occidental-moderna-masculina: el progreso de la “ciencia”.

Siguiendo con la explicación de Sara Toledano, bajo el predominio de este modelo se establece una “guerra a base de artillería biomédica”: el saber/la técnica profesional versus los síntomas; estos últimos comprendidos como elementos específicos y aislados del conjunto subjetivo y vital que es la persona. Tradicionalmente, la desaparición de los síntomas se entiende como signo de "salud" o de "ausencia de trastorno". A su vez, la persistencia de los síntomas se comprende no desde el probable fracaso o ineficiencia de la técnica profesional, sino como consecuencia de una cronicidad situada en la misma persona. Es así como el anuncio/pronóstico de cronicidad produce performativamente lo que nombra. 

Y el saber de la persona queda desplazado del proceso, omitiendo que los "síntomas" surgen como respuestas o estrategias subjetivas para manejar un dolor emocional o una circunstancia vital inasimilable. Negada la oportunidad de aprender de la propia experiencia, no queda más que generar y producir conciencia de enfermedad con su correspondiente adherencia al tratamiento y asunción del rol de enferma. Se construyen así los sujetos “sanos” y los “enfermos” alrededor de dos jerárquicas fronteras: la primera, entre la locura y la cordura; y la segunda, entre el “saber experto-profesional” y el “testimonio lego-por-experiencia”. 

Dice Cristina Martín (Princesa Inca) en su entrevista con Patricia Rey: 

La psiquiatría y la psicología, a veces, tratan el delirio como un fallo, y se tiene que medicar, abortar... Yo digo que no es una enfermedad en la que todo falla. Realmente estás viendo más allá de la realidad que se percibe normalmente, eres un poquito "visionaria", y yo quiero reivindicar esa parte bonita, útil, eso que tienden a castrar y a negar, porque es un error. No es así, de los delirios aprendes mucho, muchas cosas en la vida.


Pero, al fin y al cabo ¿qué entendemos por salud mental? ¿y por salud mental de las mujeres? ¿dónde radica la diferencia entre usuarias y profesionales? ¿cómo ocuparme de la salud mental de los demás cuando corre serio peligro la mía?, se pregunta Ibone Olza. 

Eleonor Longden (miembro de Hearing Voices y psicóloga) y Olga Runciman (presidenta de la Red de Voces Danesa de Intervoice, psicóloga y enfermera) ofrecen dos respuestas encarnadas ante la violencia de las dicotomías “loca”-“cuerda”, “sana”-“enferma”, “profesional”-“usuaria”. Entre otras cosas, promueven una sociedad que entienda y respete a quienes oyen voces, apoyen sus necesidades individuales y les valore como ciudadanía de pleno derecho. Voces que, cuenta Olga, son compañía constante que puede abrigar en capas de calma, aunque en ocasiones anuncian culpas propias, y en otras, son como desconocidos pidiendo prestadas lengua y boca para herir a una misma y a los demás. 


Ilustración de María Fúnez
Entonces, ante el sufrimiento y el malestar ¿qué alternativas hay a la psiquiatrización? y ¿por qué las necesitamos? Carme Valls, Noemia Loio y Margarita López Carrillo denuncian un elemento que ha sido crucial en la consolidación de la psiquiatría como técnica: su industrialización; visible en la promoción de psicofármacos (las mujeres como principales consumidoras) como la respuesta más eficaz al malestar, y por ende, en la promoción de las conciencias enfermas. Conciencias, a la larga, confundidas con lo que buscaban las luchas “antiestigma”, como explica Marta Carmona. El error: en lugar de normalizar la diversidad de la experiencia y la complejidad psíquica, muchos esfuerzos antiestigma se enfocaron en la normalización del discurso biomédico y la consciencia de una supuesta enfermedad, buscando un beneficio muchas veces dudoso para los “pacientes”, pero bastante comprobado para los inversores. Más recientemente el propio relator de Naciones Unidas por el derecho a la salud lo dijo también: la carga mundial de obstáculos en salud mental se encuentra en tres elementos que se retroalimentan: el predominio del modelo biomédico, la asimetría de poder (en la toma de decisiones sobre las políticas de salud mental -sigue siendo la psiquiatría quien decide-) y el uso sesgado de datos empíricos, en probable beneficio de la industria farmacéutica. 

Otro ejemplo de por qué son necesarias las alternativas lo plantean en este monográfico las enfermeras Mª Consuelo Carballal y Montserrat Cendán en la crítica a las técnicas “terapéuticas”, que de terapéuticas no tienen mucho, a no ser que lo terapéutico sea dirigido al profesional, que puede ver reducida su ansiedad en la prevención o control de supuestos riesgos. Llaman a retirar el adjetivo de “terapéutico” a prácticas que son simple y sencillamente contención, por no decir violencia. 

En este punto y en un nuevo ejercicio de disolución de las dicotomías del malestar se vuelve a preguntar Ibone Olza: ¿Soy cómplice de la violencia cuando intento aliviar el sufrimiento de los que la padecen? ¿Cómo hacerme cargo de la salud mental de otros cuando la mía está en riesgo? Nueve años después de trabajar en un hospital público como psiquiatra, lo dejó ante la intuición de que, de seguir ahí, acabaría “enferma”.

Y en esta misma línea, Paula Tomé afirma: 


Mi concepto de salud mental pasa por devolver un lugar digno a estas experiencias. Por redefinirlas y comprenderlas, por hacerlas propias y gestionarlas con mis propios recursos. Por desmedicalizarlas y despatologizarlas. O por decirlo de otro modo, que no sean una cuestión patológica y que su gestión no sea -al menos no exclusivamente- médica.


¿Cómo? Por ejemplo, re-generando los Pactos de Cuidado con las amigas (“toda persona que ESTÉ AHÍ, DE ESA FORMA), que no se reduzcan a la experiencia de angustia compartida, la vigilancia y la preocupación, sino que puedan poner en valor elementos como: periodos de consciencia no delirante para aclarar y significar lo que pasó; aprovechar ello para pactar futuros cuidados, y especialmente para llevarlos a cabo durante el periodo de consciencia delirante; el humor como estrategia de resignificación no angustiante del delirio; la confianza y el cultivo de la memoria de esa confianza; la libertad de expresión que permita hablar sin censura. Pactos de cuidado que valoren la locura.


Queridas amigas feministas: Si lo personal es político, se vuelve urgente la necesidad de ampliar estos pactos, generando redes de apoyo mutuo, intercambio de experiencias y estrategias, trabajo colectivo sobre estos temas.