29 de agosto de 2019

Still sane: esculturas, dolor y resistencia loca lesbiana



Still Sane es un libro colectivo "dedicado a las lesbianas locas”. En 1984, Persimmon Blackbridge y Sheila Gilhooly expusieron en la Women in Focus Gallery, en Vancouver (Canadá), una serie de impactantes esculturas basadas en la narrativa en primera persona de Sheila sobre su internamiento durante tres años en instituciones psiquiátricas por ser lesbiana. El libro es un híbrido político de imágenes de las esculturas, del relato de Sheila, otras historias personales de internamiento y lesbianismo, datos impactantes sobre la violencia psiquiátrica y tres textos finales sobre el “todavía” (“still”): “todavía pasa” (“Still Happening”), todavía pasa “por ser lesbiana’” (“Because she was a lesbian”) y “todavía loca” (“Still Mad”). 

Todavía loca y con orgullo de serlo. Porque si bien el libro es tremendamente duro y refleja las violencias del sistema de salud mental sobre las mujeres y sobre las lesbianas (como parte de la violencia social más amplia); también muestra las resistencias individuales, pero sobre todo las colectivas, y la necesidad de compartir las experiencias vividas y romper el silencio, la culpa y la vergüenza. Desde una perspectiva lesbiana, refleja “la convicción de que la acción política es una respuesta necesaria a nuestra opresión”. Dentro de ello, nos habla de la importancia de las redes feministas lesbianas para los cuidados y para la resistencia, pero también muestra cómo a veces las políticas locas difieren de las feministas (como desarrolla Dee dee NiHera en su aportación al libro).

A las mujeres se las ha patologizado tanto por “ser mujeres”, y ajustarse a su rol, como por atreverse a no serlo (Chesler). La lesbiana, como “no-mujer” que diría Monique Wittig (en tanto subvierte la norma heterosexual de lo que se espera de una “mujer” en relación a un varón) ha sido históricamente, desde la sexología o el psicoanálisis, una “invertida sexual”. Dicha concepción fue recogida en las primeras ediciones del DSM, que incluía la homosexualidad como trastorno mental, como una “desviación sexual”. Las protestas y manifestaciones de lesbianas y gais en las reuniones anuales de la APA presionaron para su eliminación como categoría diagnóstica en 1973 (ahí estaba una integrante del colectivo las Hijas de Bilitis junto con el “Dr. Anonymous” en uno de los Congresos de la APA). Si bien, su rémora “egodistónica” (se considera un “trastorno” sólo si se vive con malestar) justificaba todavía intervenciones “correctivas”. 

Still Sane recoge la voz de muchas lesbianas que fueron internadas en psiquiátricos y que sufrieron sobremedicación, electroshocks o lobotomías por el hecho de serlo. En el contexto español, la película Electroshock muestra el encierro y la tortura por la que pasó una pareja lesbiana en los últimos años del franquismo. Como se dice en el libro, se las internaba, no tanto para modificar su deseo, o “curarlas”, sino como mensaje de “amenaza disuasoria” para otras mujeres. El relato de Sheila refleja cómo la “heterosexualidad obligatoria” ha sido un principio rector tanto dentro de los psiquiátricos como en las terapias privadas. Hablamos de la “violación correctiva” como “terapia”, tanto por parte de profesionales, celadores, como por parte de los internos. Mientras estas agresiones sexuales no tenían consecuencia alguna dentro de la institución, cualquier gesto de cariño (ya no digamos sexual) entre dos mujeres era duramente castigado. En su versión sutil, psiquiatras en centros o en terapia privada juzgaban el deseo lesbiano como una etapa de inmadurez que debe pasar, y recomendaban que las mujeres “se forzaran” a acostarse con hombres, aunque no sintieran nada (“ya les vendría el deseo…”). 

El control y la regulación no se centraban solo en el deseo, también en la apariencia: como dice Sheila, “la conducta poco femenina”. El ponerse un vestido o el depilarse las piernas como criterio de mejora es un clásico dentro de estos relatos (y de otros actuales):


“‘¡Oh! Se te ve muy bien’, con esa voz falsa que siempre usaba para las pacientes. Entonces me dijo que se me vería mejor si me depilaba las piernas. Recuerdo sentirme toda avergonzada y estúpida, incluso cuando ya había decidido tiempo atrás que depilarse era algo estúpido” . 


Sheila Gilhooly nos habla de la medicación y de sus efectos (no informados), de la espera para todo (incluido el recuento de cuchillos tras las comidas), de cómo cualquier voz disonante con el centro por parte de alguna enfermera termina en despido, de su desesperación ante las violencias, y de la cuchilla y la sangre como forma de grito. 


“Le dije a mi psiquiatra que no quería ser curada por ser lesbiana. Me dijo que precisamente eso probaba lo enferma que estaba. Me dijo que necesitaba tratamiento de electroshock (...) 19 tratamientos de shock y todavía no quiero que me curen por ser lesbiana”. 


También nos cuenta que ella misma firmó para ingresar de nuevo en el Hospital. “Quizá pienses que ello implica alguna forma de elección, que quería ser encerrada, pero no era una elección real”. Como más adelante explica Dee dee NiHera: “Estoy convencida de que la libertad de elección no puede existir en una institución psiquiátrica. Cómo puede existir cuando, si tus ‘elecciones’ no coinciden con las del equipo, puedes perder todas las ‘elecciones’”. Cuando no cuentas con el apoyo de tu familia, ni una casa ni un trabajo, estás “tocada” como consecuencia de las drogas y los electros, y la gente que conoce tu encierro “te mira raro”, la desesperación puede llevarte a volver.

Sheila describe cómo, tras tanta crueldad y tortura, lo que más miedo le daba era el propio psiquiátrico. La fórmula para salir: “Intenté hacerme pasar por normal (...) Las mujeres normales no hablan sobre lesbianismo y siempre son encantadoras (...) Siempre estaba bien y siempre sonriendo (...) siempre obediente”. 

Ya fuera del Hospital, nos cuenta cómo cambió su vida tras conocer a mujeres, que no solo hablaban abiertamente sobre su lesbianismo, sino que estaban orgullosas de serlo. El comienzo de su resistencia viene acompañado de una comunidad que crea las condiciones para un orgullo lesbiano, pero también para un orgullo loco: reconocer su fuerza, sentirse orgullosa como superviviente y, sobre todo, poder politizar la opresión psiquiátrica (lo opresivo de la “normalidad” y lo opresivo de los límites de una conducta aceptable). La comunidad y el proceso artístico le permiten salir de los dos armarios. La exposición de las esculturas “me conectó con las mujeres del movimiento loco”, “cada relato personal, me hacía sentir más segura y cada sobreviviente con su fuerza, más orgullosa”. 

Still Sane es un recordatorio del papel de las lesbianas en el Movimiento Loco; pero también, de que el Movimiento Lesbiano y Queer no se puede olvidar de la situación de las personas psiquiatrizadas y/o de aquellas “raritas” que rompen “normas de conducta”, más allá de la lucha por la despatologización de la diversidad sexual.