23 de agosto de 2019

Las locas de La Castañeda: lúcido contraste con la "modernidad" psiquiátrica mexicana

“El 28 de septiembre de 1911, Luz D. llegó con su esposo a la oficina de admisiones del Hospital General Psiquiátrico La Castañeda, la más grande institución estatal dedicada a la atención de hombres, mujeres y niños ‘dementes’ en México de principios del siglo XX”. Así empieza el capítulo IV del libro La Castañeda. Narrativas dolientes desde el Manicomio General, México, 1910-1930 de Cristina Rivera-Garza. Un libro en el que recoge varias narrativas de mujeres que, durante sus ingresos en La Castañeda, subvirtieron las categorías y diagnósticos de enfermedad, reelaborando sus malestares a través de sus biografías en un complejo contexto social.



La Castañeda, de diseño inspirado en Charenton (emblemático psiquiátrico parisiense), fue inaugurada el 1º de septiembre de 1910 durante un evento que reunió a la aristocracia porfiriana. Más allá de plantearse como una innovación para cubrir la atención a la salud mental, La Castañeda fue uno de los grandes íconos de la modernización del país en vísperas de la Revolución Mexicana. Incluso, una vez fue “superada” la guerrilla, en sus instalaciones emergió la psiquiatría profesional mexicana y las primeras sociedades científicas del país (en Oliver, Sacristán y Ordorika). 

Aunque inicia mientras Porfirio Díaz continuaba en el poder (después de 30 años), La Castañeda se desarrolló durante el estallido de la época revolucionaria que movilizó tanto a campesinos como a miembros de las clases medias. Fue cerrada hasta el año de 1968, luego de que se denunciaran públicamente sus precarias condiciones materiales y los maltratos que ahí dentro ocurrían.

Luz D: narrar el malestar desde el cuerpo “en el abrumado contexto de la vida diaria”

La Castañeda funcionó como hospital y al mismo tiempo como un asilo en donde se reproducían las mismas categorías que operaban más allá de sus paredes: divisiones en función del sexo, la clase social, la edad, la obediencia jerárquica, etcétera (tal como lo ha documentado Cristina Sacristán). Y por supuesto, la autoridad recia que se asentaba cada vez más en la figura del profesional (varón) de la psiquiatría. Los psiquiatras varones, educados en el México del porfiriato, elaboraban sus diagnósticos según nociones normativas de género y de clase, detectando enfermedades cuando la conducta de las mujeres se desviaba de los modelos de la domesticidad femenina en el escenario modernizador (en Cristina Rivera-Garza). Diagnosticadas de “locura moral” ("condición" caracterizada por mantener la capacidad de discriminar entre el “bien” y el “mal”, pero negarse a hacer lo que “está bien”) e “histeria”; con signos clínicos como “caprichosas” o “sexualmente promiscuas”, muchas mujeres internadas en La Castañeda resignificaron sus diagnósticos a través de narrativas propias, vinculando sus malestares con las transformaciones sociales de la época.

Una vez ingresada por su padre en La Castañeda, y luego de encontrarse por primera vez con un psiquiatra, Luz D. narra sus malestares y comportamientos desde sus experiencias vitales. Lo que era diagnosticado como “locura moral”, para ella solo podía cobrar sentido a través de su cuerpo, de su sexualidad y de su trayectoria biográfica. Un cuerpo colocado “en el abrumado contexto de la vida diaria”. 

Tal como muchas otras mujeres internadas en La Castañeda, Luz D. utiliza la escritura como una vía de escape y de protesta. Sus notas eran posteriormente leídas e interpretadas por los médicos y psiquiatras, pero no para legitimar los saberes encarnados de las mujeres, sino para validar sus propios criterios clínicos. 

Ponemos un extracto tanto de Luz D. como de un médico residente para comparar la interpretación biográfica de ella y la psiquiátrica de los doctores y ese ejercicio de “injusticia epistémica” permanente: el descrédito del psiquiatra a las palabras de Luz D. por prejuicio y por carecer de recursos (debido a su androcentrismo) para comprender su experiencia como mujer.  


Nací en 1874. Cuando tenía 6 años de edad sufrí fiebre escarlatina, pero crecí sana y robusta después de eso. Cuando tenía 13 años de edad tuve mi periodo por primera vez, sin problemas. Sin embargo, a los 15, me volví nerviosa. Me casé a los 17 y me curé de mi nerviosismo; permanecí sana durante cuatro años. Después, debido a penas morales y a pérdidas físicas, desde que amamanté a una niña muy robusta, me volví nerviosa otra vez de febrero a agosto. Estuve perfectamente bien durante cinco años pero me enfermé de fiebre puerperal y, como resultado, quedé con una condición nerviosa aguda, la cual pude curar con distracciones y viajes cortos. Podría decirse que en este tiempo tomaba bebidas alcohólicas después de los medicamentos prescritos y que, tal vez de manera inconsciente, abusé de ellas.
En 1899 sufrí un severo caso de dipsomanía y el doctor Liceaga me convenció de buscar atención en La Quinta de Tlalpan (1). En ese tiempo sufrí ese ataque debido a la carga en mi vida moral y física porque el hombre, mi esposo, trajo a una mujer a vivir con él y yo no tuve una vida íntima con él desde entonces. El vacío de mi alma se vio reflejado en mis partes físicas. Después, no bebí en absoluto hasta 1901, cuando bebí varios días e ingresé a La Canoa, donde permanecí durante tres meses.
Salí y estuve perfectamente bien hasta 1906, año en el cual, debido al exceso de trabajo, al dolor moral y a horribles peleas, bebí otra vez durante varios días. Regresé a La Canoa (2) y permanecí allí por un año y cinco meses. Salí y estuve perfectamente bien hasta el 29 de septiembre de 1911, cuando bebí un poco de coñac y pulque mientras visitaba a unas personas. Debo advertirle que yo no bebo, a menos que me ponga nerviosa, lo cual sucede cuando el dolor moral, las pérdidas físicas y, sobre todo, cuando el vacío de mi alma se refleja en mi parte física, lo cual me conduce al primer trago. Cuando estoy en control de mi razón puedo soportar un gran dolor. Mantengo el dolor que debo tener dada mi difícil situación y mi exagerada manera de sentir, cuando estoy abrumada por la pasión y la más completa excitación. 

(Fuente: La Castañeda, Narrativas Dolientes… de Cristina Rivera-Garza)


En la siguiente parte de la hoja, el médico interpreta la nota de Luz D. desde su mirada clínica y sus prejuicios androcéntricos y patriarcales. Le resulta curioso que Luz tenga ideas y planes nuevos cada día (p.ej. salir del ingreso), así como la poca estabilidad (la falta de “método”) en sus actividades cotidianas. Le llama la atención que culpe a su marido de su “condición”, que pase horas y días escribiendo cartas en las que cuenta su horrible situación, y que su memoria sea así de “prodigiosa”. Se trata, según él, de un probable caso de locura moral o de histeria, que podrían corroborarse por sus estados de excitación, así como por los dolores que reporta en un ovario. En un ejercicio de insensibilidad de género, para el médico, el ovario izquierdo parecía ser más importante en el malestar de Luz, que el hecho de que su marido le obligara a convivir con su amante. 


La información transcrita arriba fue dada y escrita por la paciente misma, la cual muestra su claro talento para expresar sus sentimientos y pensamientos a través de la escritura. Excepto por sus brotes de dipsomanía, los cuales siempre relaciona con su dolor moral, ella parece una persona moral. Sin embargo, un estudio más detallado revela un estado crónico de excitación maníaca, la cual es más mental que física (un antecedente de la locura moral). 
Ella tiene nuevas ideas cada día, nuevos planes, ya sea salir del hospital psiquiátrico o seguir un comportamiento específico con su marido, a quien culpa de su condición. Cada día, también, ella se queja de su salud, ya sea un dolor en la pierna o en el brazo, cierto mareo que le causa náuseas, un dolor en el ovario izquierdo o incluso hipo. Estos síntomas me hacen pensar en un caso de histeria, la cual, sin duda, está presente, pero son el resultado de su excitación mental crónica.
La hemos visto escribir poemas o cartas durante días enteros en los cuales describe su horrible situación a sus pacientes. Otros días, ella se dedica al trabajo manual. Pero no hay estabilidad en sus actividades; no hay método. Lo que es placentero hoy se vuelve molesto mañana. La paciente está consciente de su situación e intenta corregirse. Ella se compara a sí misma con un caballo difícil de domar, un caballo que no se detiene una vez que comienza a correr. 
La hemos explorado con cuidado y no hemos notado otro detalle que no sea el dolor en el ovario izquierdo, lo cual habla a favor de histeria. No hay signos de intoxicación alcohólica. Para finalizar este diagnóstico, señalaré que ella come y duerme bien y sólo sufre un ligero estreñimiento. Su prodigiosa memoria también es notable. 

(Fuente: La Castañeda, Narrativas Dolientes… de Cristina Rivera-Garza)

Un desafío al mito del progreso

Las mujeres internadas en La Castañeda fueron resistencia viva ante el desarrollo de una medicina occidental y masculina que prometía cumplir con la promesa del Progreso luego de la Revolución Mexicana. Ante las explicaciones “científicas” de médicos formados en Europa y Estados Unidos (que conectaban útero a cerebro), y frente al optimismo posrevolucionario, las mujeres aportaron sus propias narrativas de sufrimiento y sus causas al “reino médico”, negándose así a ser ignoradas y haciendo visibles las contradicciones del proyecto modernizador. Expresando y encarnando su dolor, con sus narrativas, las mujeres internadas en La Castañeda se presentaron como recordatorios humanos de la falacia del Progreso; ellas mostraban el “rostro inverso de la Revolución”.

Imagen adaptada de
https://significanteotro.files.wordpress.com/2016/03/cristina-rivera-garza.pdf
(1) La Quinta de Tlalpan fue la primera institución psiquiátrica privada de la Ciudad de México.
(2) La Canoa, también conocido como el Hospital del Divino Salvador (ubicado en la Calle Canoa en la Ciudad de México), fue el primer hospital psiquiátrico para mujeres, en México.



Fuentes: