20 de agosto de 2019

Augustine: ¿la loca de Charcot o performer vendetta?

En Francia, en 1870, cuando Jean-Martin Charcot comenzó a trabajar con la histeria en el hospital de La Salpêtrière, ésta era una “condición” de mujeres pobres (a diferencia de las ricas con neurastenia en Inglaterra). Aunque creía que las histéricas sufrían de una “tara” hereditaria que debilitaba su sistema nervioso, Charcot desarrolló una teoría sobre los orígenes psicológicos de la histeria. Experimentando con hipnosis, demostró que los síntomas histéricos como la parálisis podían ser producidos y aliviados por sugestión hipnótica. Aunque producidos por emociones más que por una lesión física, eran genuinos, la paciente no tenía control consciente sobre ellos. Según Freud, la “objetividad del fenómeno histérico” con Charcot devolvió la dignidad y credibilidad a las histéricas y eliminó la actitud despectiva o de sospecha que las colocaba como fingidoras. Para muchos, de forma paralela a Pinel, el “Napoleón de la neurología “ había roto las cadenas y liberado a las mujeres locas.
Charcot demostró además que los síntomas también ocurrían en hombres, en la Salpêtrière había un ala especial para ellos, muchas veces víctimas de trauma por accidentes de ferrocarril. No obstante, la histeria se mantuvo como “enfermedad de mujeres” y eran las mujeres las que Charcot exhibía en las lecciones de los martes: un espectacular show, con el anfiteatro completo de curiosos y curiosas parisinos, observando mujeres bajo hipnosis ladrar a cuatro patas con la instrucción de que eran perros. El espectáculo cerraba a veces con la performance de una convulsión histérica completa, la especialidad de la casa era la grande hystérie o histero-epilepsia. 
La credibilidad de las histéricas parecía tener el coste de ser mostradas como espectáculo de “teatro psiquiátrico”. Frente a la “neutralidad científica de la imagen fotográfica” defendida por Charcot, la artificialidad de las escenas y fotografías llevó a cuestionar si representaban la histeria o más bien la fabricaban al gusto del público y de su maestro de ceremonia. 
La aproximación al análisis psiquiátrico de Charcot, al igual que sus métodos pedagógicos, era fundamentalmente visual o más bien artística. Será la fotografía la principal herramienta psiquiátrica en el hospital y las imágenes de mujeres exhibiendo diferentes fases de los ataques histéricos se convertirán en un instrumento clave en el estudio de la histeria: los tres volúmenes de La iconografía fotográfica de la Salpêtrière. Un ataque completo implicaba cuatro fases: la “fase epileptoide”, en la cual la mujer perdía su conciencia y echaba espuma por la boca; la fase de los grandes movimientos, “clownismo”, acompañada de contorsiones físicas extravagantes, el famoso “arco”; y la fase de las “actitudes pasionales” o “poses plásticas”, una mímica de emociones e incidentes de la vida real de la paciente. Las fotografías de esta última solían venir con títulos de interpretaciones de Charcot, en muchos casos asociados a la sexualidad femenina: “súplica amorosa”, “éxtasi”, “eroticismo”. Charcot también cartografió áreas del cuerpo que podían inducir a la convulsión si eran presionadas (la región ovárica tenía un lugar especial). El ataque terminaba con el “delirio”, cuando la histérica “se ponía a hablar”.
En La invención de la histeria, Didi-Huberman analiza la cámara fotográfica como técnica dirigida al “tormento consentido” de la histérica: “una tortura invisible para volver a los cuerpos cada vez más visibles, reproducir de forma adecuada su sufrimiento; y para ello, más o menos invisiblemente, desmembrarlos. (...) La histérica hace del simulacro, del que sin embargo disfruta, un tiempo de tormento”.
La pose fotográfica repetida convirtió a algunas histéricas en auténticas modelos para la iconografía y en performers en el espectáculo de los martes. Entre las más fotografiadas estaba una niña llamada Louise Augustine Gleizes. De las “notas de caso” de su doctor, Bourneville, sabemos que llegó al hospital en 1875 con quince años y medio y con ataques histéricos desde los 13. Hija de sirvientes y mayor de siete hermanos, de los que solo sobrevivieron dos, pasó su infancia en un convento donde aprendió a leer y escribir y a coser lencería. Más tarde, tuvo que servir y vivir en la casa de su empleador, a su vez amante de su madre, quien la acosó y violó varias veces. Tras ello, enfermó y fue devuelta a su casa, no podía moverse o andar y tenía vómitos y convulsiones. Augustine fue llevada por su madre a la Salpêtrière.
En el hospital, Augustine se muestra como una chica inteligente y coqueta; “con encanto” y talento para el posado “regular”, con la capacidad de ajustar su performance histérica, con sus fases, pausas y entreactos, al click de la cámara y toda su parafernalia (aparatos, preparación, señas, descansos, etc.). 
Pero tanto sacrificio por la imagen le pasó factura, desarrolló un curioso “síntoma histérico”: ver todo en blanco y negro. “Al interiorizarse, el disfraz se revelaba como pathos, totalmente interno al mimo, como una angustia del contrato, del propio actuar de vedette” (Didi-Huberman). En 1880, tras ver entre el público al hombre que la había violado, pasó de ser una paciente complaciente y dispuesta a colaborar en el registro iconográfico, a rebelarse contra el régimen del hospital. Era anestesiada con cloroformo o éter cada vez que rompía objetos como ropas o ventanas. Finalmente fue encerrada en una celda de castigo. 
Lo fascinante de la historia de Augustine fue su resistencia teatral con mensaje “vendetta”: si Charcot inventó un teatro contra la “teatralidad histérica” para denunciar a esta como simulacro o exceso, Augustine se lo devolvió: teatro contra teatro. Las mismas habilidades “histriónicas” que la habían convertido en “maniquí estrella” del hospital, le sirvieron para escapar de él, travestida de muchacho. Puso fin a su existencia como “caso”. No se supo nada más de ella.
Elaine Showalter ha señalado que, si Charcot hubiera dedicado el mismo tiempo a escuchar a Agustine que a observarla y fotografiarla, quizá la habría comprendido mejor. Previo a su huida, había descrito sus sueños de fuego, sangre, violaciones y revolución.  
Fuentes:


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